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Minuto Crucial se va de vacaciones ¡Regresamos el 14-S!

Con la llegada del verano, el equipo de Minuto Crucial también se toma una pausa, más que necesaria, con el objetivo de recargar energías de cara a la próxima temporada, que me atrevería a augurar que será especialmente exigente. En esta ocasión, el descanso se prolongará desde hoy hasta el 14 de septiembre, un periodo algo más largo de lo habitual debido a diferentes motivos que paso a explicar en los siguientes párrafos.

El primero de ellos está relacionado con un proyecto profesional que me ilusiona muchísimo y que verá la luz dentro de unas semanas o, como máximo, en un par de meses: la publicación de mi segunda novela, La lucha interna de Jonko. Se trata de la continuación de El abismo del placer, mi ópera prima, cuya historia tiene como protagonista a Jonko Blanco, un exestudiante repetidor de Periodismo que, en esta segunda entrega, dará un giro radical a su vida al convertirse en responsable de Recursos Humanos de la agencia de modelos La Mutanda.

Precisamente hablando de El abismo del placer, a quienes todavía no la hayáis leído os invito a esperar a su próxima publicación bajo el sello de Avant Editorial, la misma editorial que publicará La lucha interna de Jonko. Esta decisión responde a la necesidad de impulsar la saga y dotarla de una mayor calidad, con el objetivo de aspirar, a corto y medio plazo, a que ambas novelas puedan alcanzar la excelencia. Por ello, he decidido reescribir la primera entrega con el máximo cuidado, no solo para mejorar su fluidez narrativa, sino también para conseguir que las portadas de ambas novelas compartan una misma estética atractiva que permita identificarlas como parte de un mismo universo literario.

El segundo motivo está estrechamente vinculado al primero. Mi dedicación a la escritura ha provocado que mi labor como buscador de talentos para incorporar nuevos colaboradores haya quedado relegada a un segundo plano. La publicación de la segunda parte de la Saga de Jonko, junto con el hecho de encontrarme actualmente inmerso en la escritura del spin-off protagonizado por Gervasio Cruziale, ha limitado el tiempo disponible para captar nuevas voces en Minuto Crucial. Es por ello que este periodo vacacional me permitirá centrar mis esfuerzos en una tarea fundamental: encontrar, con calma y criterio, a los mejores articulistas para que el regreso en septiembre llegue acompañado de nuevas ideas, nuevas perspectivas y un mayor impulso dentro del proyecto.

Sin lugar a dudas, las redes sociales son un auténtico escaparate para captar talento. Existen muchísimas voces con capacidad, inquietudes y ganas de aportar su visión sobre la actualidad, tanto de nuestro país como del exterior. En Minuto Crucial seguiremos apostando por dar voz a todos aquellos que compartan nuestra línea editorial —liberal conservadora—, siempre y cuando se respeten nuestras dos red flags: que sus escritos tengan formato de artículo de opinión y que entre sus manifestaciones no existan frases que puedan ser constitutivas de delito. Más allá de esos límites, la puerta está abierta para todos aquellos que quieran formar parte de este digital de opinión fundado en 2020, un espacio en el que cada articulista podrá elegir libremente el tema que desea abordar y donde estaremos encantados de ofrecer difusión a sus reflexiones.

El tercer aspecto que ha influido en la decisión de adelantar el periodo vacacional es la intención de modernizar nuestra página web y adaptarla a las necesidades del siglo XXI. Mi objetivo a medio plazo es que Minuto Crucial pueda incorporar nuevos formatos como vídeos, retransmisiones en streaming, pódcast y otras tantas innovaciones que puedan surgir en el futuro. Para ello, he apostado por buscar un nuevo diseño que permita integrar estas posibilidades, de manera que no solo nos limitemos a publicar artículos de opinión, sino que podamos convertirnos en un espacio más completo, dinámico y atractivo para todos aquellos lectores que estáis dispuestos a acompañarnos en esta nueva etapa y en las que estén por venir.

Dicho de otro modo: durante estos meses de ausencia espero que podamos dar a Minuto Crucial el impulso y los recursos necesarios para continuar haciendo crecer este proyecto que, como bien sabéis, no cuenta con ningún tipo de subvención, motivo por el cual somos mucho más libres que otras tantas plataformas de información u opinión. ¿Resultará complicado darle fuerza a este proyecto sin capacidad económica? Sin duda. Sería absurdo negar una evidencia como esa. Pero tampoco lo considero una misión imposible cuando se cuenta entre sus integrantes con articulistas de potencial, como sucede en Minuto Crucial. De hecho, si mantengo esta filosofía es, en gran medida, gracias a vosotros, queridos lectores. Vuestra confianza, vuestro apoyo y vuestra participación serán determinantes para que este proyecto continúe avanzando.

El cuarto motivo no es otro que conceder unas merecidísimas vacaciones a nuestro equipo de colaboradores, quienes semana tras semana o cada quince días se han dedicado a enviarnos sus impresiones para su publicación en la web de Minuto Crucial. Para evitar que se desgasten y acaben llegando a ese “hasta aquí hemos llegado” que todos podemos sentir en algún momento, lo más justo es que disfruten de un descanso merecido después de tantos meses de compromiso. Así, cuando regresemos en septiembre, retomarán su labor con las energías renovadas para afrontar una nueva temporada en la que la política nacional, internacional y otros muchos asuntos volverán a ocupar un papel protagonista.

El único que no quedaría descartado de publicar, de cuando en cuando, algún artículo durante este periodo vacacional probablemente sea yo. Si la motivación y el tiempo me acompañan, durante julio, agosto y parte de septiembre, antes de retomar plenamente la actividad en Minuto Crucial, es posible que podáis encontrarme escribiendo en ESDiario, donde muchos de quienes me seguís sabéis que también publico artículos de opinión.

Y el quinto y último motivo tiene la intención de sacaros una sonrisa: si Dios descansó los domingos y mis colaboradores se han ganado a pulso este paréntesis después de todo el trabajo realizado durante el año, ¿qué menos que el responsable de Minuto Crucial pueda disfrutar de unos días de descanso, aunque sea de manera fija discontinua, al más puro estilo de este Gobierno? Porque, claro, la gran mayoría del tiempo estaré inmerso en los asuntos relacionados con La lucha interna de Jonko, la reconstrucción de la página web y otros proyectos o circunstancias que puedan darse durante este periodo.

No obstante, queridos lectores, como ya viene siendo habitual, durante lo que queda de julio, todo agosto y parte de septiembre, podréis continuar disfrutando de nuestra compañía a través de nuestra hemeroteca en las redes de Minuto Crucial. Porque, sin lugar a dudas, es la mejor forma de volver a leer todas las opiniones publicadas en el digital, tanto de quienes permanecen dentro de este proyecto como de aquellos que, por diferentes motivos, ya no continúan con nosotros en esta travesía de la opinión. Mantener nuestro servicio de hemeroteca durante el verano es la mejor manera de daros las gracias por seguir ahí y de recordaros que queremos continuar estando presentes en vuestras vidas hasta nuestro regreso en septiembre.

En definitiva, como CEO y fundador de Minuto Crucial, y en nombre de todo el equipo que participa en este proyecto, quiero desearos unas felices vacaciones, además de agradeceros, una vez más, la fidelidad que nos habéis demostrado en este nuevo capítulo que comenzaremos dentro de unos meses. Y, aprovechando que hablo de capítulos y que el verano es la época idónea para disfrutar de la lectura, permitidme animaros a descubrir La lucha interna de Jonko, una novela en la que acompañaréis a Jonko Blanco en su lucha contra las adversidades y en su intento por mantenerse fiel al amor de su vida. ¿Será Jonko capaz de resistir a las diversas mujeres que tratarán de hacerlo caer nuevamente en el abismo del placer o, por el contrario, logrará aguantar como un campeón? La respuesta, como no puede ser de otra manera, la encontraréis entre sus páginas. ¡Os esperamos en septiembre!

El pozo sin fondo de la izquierda

Se acerca el momento de nuestras estrellas del fútbol reunidas en un equipo magistralmente dirigido y que ha alcanzado la cúspide de este magnífico deporte siempre respetando las normas de juego, con una magnífica demostración de esfuerzo, capacidad y mérito y, como suele ser habitual en estos casos, ya hay quién pretende hacer propia la luz ajena o, al menos dejarse iluminar en su oscuridad por el esfuerzo y la valía ajena. Nada más que añadir, en un momento en el que, precisamente en lo personal y público quien pretende hacerlo no tiene nada que celebrar sino, más bien, todo lo contrario.

Sí, no sólo tenemos uno de los veranos más cálidos de los que se tienen registro en España, sino que esto podría servir de metáfora de como se vive el ambiente político en nuestro país, con continuas olas de escándalos, rachas de informaciones que destrozan a personas y personajes cercanos al Presidente, y hasta condenas que manchan a su propia familia. Un calor irresistible al que se han acomodado aquellos que hicieron como bandera su lucha por ese calor en su asalto al poder.

Pero claro, recuerdo que hubo un punto de inflexión absoluto, casi mayor que las cesiones a los nacionalistas o a los de Bildu, con las que la izquierda más a la izquierda que la izquierda que hoy ha perdido el norte podían incluso poder sentirse cómodos. Ese día fue el de la cesión ante Marruecos de sus pretensiones sobre el Sáhara. Décadas de manifestaciones, de banderas, de indignación, de reivindicaciones extremas, golpes de pecho, gritos y lamentos se transformaron en un momento, de la noche a la mañana, en silencio cómplice, en algo así como nuestro poder merece el sacrificio de aquellos a los que llamábamos hermanos. Esa bajada generalizada de faldas y pantalones en la izquierda, en toda la izquierda de nuestro país no demostró sino que la capacidad de aguante de aquellos no iba a tener fondo, como así lo están demostrando.

La deslegitimación identitaria de la izquierda en España parte de ese soportar, aguantar, rebelarse con la boca pequeña y seguir chupando del bote, seguir chantajeando al Estado a través de su Gobierno y de su “todopoderoso” presidente que, en el fondo, no es más que un rehén de sus ambiciones y del precio que siempre ha estado dispuesto a que paguemos los ciudadanos por mantener el deshonrado honor de ser nuestro Presidente.

Eso sí, Sánchez siempre ha tenido espíritu deportivo, a pesar de lo animado que ha estado, en el caso de hacer falta, de hacer y forjar las trampas necesarias, legales, presuntamente ilegales o moralmente execrables para poder seguir manteniendo el mando. Él sabe que de su mantenimiento en el poder dependen muchos bolsillos, y sabe bien, porque ha negociado con ellos o ha crecido con ellos, que mientras esos bolsillos o sus ambiciones queden recompensadas lo seguirán apoyando. No hay límites, más allá del aire que, como decía su admirado e imputado antecesor Zapatero, ¿Y de quién es el aire? Ahora, sin embargo, la pregunta que le corresponde responder no tiene una contestación por su parte… Y, si las joyas son tuyas, ¿De dónde vienen? Da igual, seguramente del aire, y como el aire no es de nadie…

Aún queda verano, aún quedan informes de la UCO por conocer y aún la izquierda puede demostrar que el pozo de su aguante tiene más metros hasta un fondo que ya no se distingue entre la miseria de su porquería. Lástima de la izquierda, lástima de los que han creído en esta izquierda, lástima de los que dieron su vida por ella, lástima de los que en ella, en esta, siguen creyendo.

Da igual, no importa, si España gana el mundial, será por quién nos Gobierna, no por la calidad deportiva de un equipo que ya ha hecho historia. Y el pozo sigue creciendo.

El déficit del diálogo: gobernar de espaldas a las comunidades autónomas

La política española asiste, de nuevo, a un episodio que ilustra a la perfección el modus operandi de un Gobierno que parece haber hecho del unilateralismo su principal seña de identidad. La reciente decisión del Ejecutivo liderado por Sánchez de someter a votación en el Congreso de los Diputados la senda de estabilidad y el límite de gasto no financiero —pasos previos e indispensables para la elaboración de los Presupuestos Generales del Estado— ha vuelto a poner de manifiesto una preocupante y alarmante falta de voluntad para el diálogo.

Lejos de buscar un amplio acuerdo que logre garantizar la viabilidad de las cuentas públicas y la tranquilidad económica del país, el gabinete central ha optado por la vía de la imposición, topándose de bruces con una realidad parlamentaria y territorial que se niega a ser un mero espectador de las decisiones tomadas a puerta cerrada en los despachos del Palacio de la Moncloa o del Ministerio de Hacienda.

El rechazo frontal a esta medida por parte de formaciones con visiones tan diametralmente opuestas como el Partido Popular y Junts per Catalunya no es una simple anécdota fruto de la evidente polarización de la política nacional, sino el claro síntoma de un fracaso profundo en las formas y en el fondo, señal inequívoca de que resulta imposible gobernar un país plural y fuertemente descentralizado ignorando de forma sistemática a quienes tienen encomendada la gestión más directa de los servicios públicos esenciales: las comunidades autónomas.

De hecho, la senda de estabilidad presupuestaria no es un mero trámite burocrático de paso obligado en las cámaras representativas. Tampoco una simple abstracción macroeconómica reservada únicamente a los teóricos y expertos financieros, sino que se trata de la verdadera columna vertebral sobre la que se sostiene el Estado del bienestar de nuestra nación. Tanto es así que, al establecer y blindar los objetivos de déficit y deuda pública para las distintas administraciones del Estado, el Gobierno central lo que está haciendo, en la práctica y en el día a día, es determinar cuánto dinero real podrán destinar los diferentes ejecutivos autonómicos a áreas absolutamente cruciales y sensibles como son la sanidad pública, el sistema educativo, los servicios sociales o la siempre frágil red de atención a la dependencia.

Dicho con otras palabras: con la fijación de la senda de déficit, el Gobierno está dictaminando el margen de maniobra financiero para poder contratar a más personal médico en los hospitales, para reducir las ratios de alumnos en las aulas escolares, para mejorar la red de infraestructuras y para garantizar una protección verdaderamente sólida para todos los ciudadanos. Resulta, por tanto, profundamente incomprensible e irresponsable que una medida de semejante impacto se intente tramitar de manera unilateral sin haberse dignado siquiera a sentarse a negociar de buena fe y con lealtad con aquellos que pisan el terreno a diario.

Asimismo, el flagrante desinterés mostrado por el Gobierno central hacia las legítimas reivindicaciones autonómicas constituye un evidente desprecio no solo hacia las propias instituciones que vertebran nuestro modelo territorial, sino también hacia unos ciudadanos castigados ya por la inestabilidad y la constante falta de recursos económicos.

A lo largo de los últimos tiempos, los españoles hemos observado con cierto estupor cómo los escasos foros de encuentro previstos entre el Estado y las autonomías, muy especialmente en lo que respecta al Consejo de Política Fiscal y Financiera, se han ido vaciando de contenido práctico hasta convertirse en meras puestas en escena de carácter burocrático; son auténticos teatros de cartón piedra donde el Gobierno central acude siempre con un guion cerrado e inamovible, sin la más mínima intención de escuchar, ceder, debatir o integrar las propuestas de las diferentes regiones.

Llegados a este punto, conviene recordar que informar de una decisión gubernamental que ya ha sido tomada previamente no equivale, bajo ningún concepto, a dialogar. Imponer de manera inflexible un objetivo de déficit claramente asfixiante para las cuentas de las regiones, mientras, de forma paralela, la Administración central se reserva sistemáticamente la mayor parte del margen fiscal permitido por las instituciones europeas, no es, en ningún caso, buscar un consenso constructivo.

Semejante actitud de rodillo parlamentario e institucional revela una concepción del poder y de la toma de decisiones que choca de lleno con el espíritu del Estado de las autonomías consagrado en nuestra Constitución. Las comunidades exigen y merecen un trato simétrico, sustentado firmemente en los principios de lealtad institucional, transparencia informativa y corresponsabilidad financiera de todas las partes. Ignorar de forma deliberada este mandato democrático básico y fundacional equivale a condenar al país a una tensión territorial indeseable, lastrando inevitablemente nuestro potencial de desarrollo futuro.

El mayúsculo varapalo que supone el rechazo conjunto y tajante del Partido Popular y de Junts a la pretendida senda de déficit gubernamental debería servir, como mínimo, de necesario punto de inflexión. Tendría que representar una obligada cura de humildad para un Ejecutivo central que camina a diario sobre el alambre de una minoría parlamentaria extremadamente precaria, frágil y dividida por intereses contrapuestos. Sin embargo, en lugar de asumir la cuota de responsabilidad política directa que implica la manifiesta incapacidad para forjar acuerdos de alcance, la reacción gubernamental tiende a oscilar, de forma previsible, entre el victimismo constante y la permanente culpabilización de las bancadas de la oposición.

El hecho innegable de que el principal partido de la oposición —que, además, gobierna en la inmensa mayoría de las comunidades autónomas y conoce, por tanto, de primerísima mano la extrema urgencia financiera a nivel territorial— coincida en su voto negativo con uno de los socios parlamentarios que resultaron imprescindibles para sacar adelante la investidura pone en franca y cristalina evidencia el altísimo grado de soledad en el que se encuentra inmerso el gabinete actual.

La política de Estado, concebida en su sentido más noble, requiere forzosamente altas dosis de empatía, de talento negociador real y de la ineludible capacidad de renuncia en aras de alcanzar el bien común general de la ciudadanía. Cuando se opta sistemáticamente por sustituir el diálogo sosegado y honesto por la imposición o por la presión mediática continuada, el único resultado verdaderamente palpable es el bloqueo normativo prolongado y la consecuente erosión del crédito y de la imagen de nuestro país. Gobernar con eficacia exige mucha más altura de miras que limitarse a intentar resistir semana tras semana parapetado tras los seguros muros del Palacio de la Moncloa. España demanda con urgencia un proyecto de país realmente integrador y la habilidad política indispensable para lograr convocar a todas las partes directamente implicadas en torno a una misma mesa de trabajo sincera y resolutiva.

La aprobación del límite de gasto y de la senda de déficit no es una cuestión técnica menor, sino que constituye el escalón inicial y fundamental para la elaboración de unos Presupuestos Generales que deberían ser capaces de dar respuestas certeras a los problemas ineludibles que afronta la sociedad: el estancamiento de los salarios, el rápido envejecimiento poblacional, el acceso a la vivienda o las desigualdades sociales persistentes a lo largo de nuestra geografía.

Desgraciadamente, ninguno de estos complejos retos y desafíos de época podrá ser abordado con las más mínimas garantías de éxito si previamente el Ejecutivo asfixia, desde el punto de vista financiero, a unas comunidades autónomas que son las encargadas, paradójicamente, de ejecutar en última instancia la gran mayoría de las políticas sociales y de protección destinadas a paliarlos.

Obligar a los distintos territorios de España a tener que asumir un ajuste presupuestario verdaderamente draconiano, mientras, en paralelo, el Estado central elude estrecharse su propio cinturón económico con esa misma severidad y rigor, constituye una muestra de deslealtad sin paliativos. Esta carencia absoluta de un consenso sólido y trabajado no hace más que alimentar un clima de incertidumbre social y económica muy perjudicial que ralentiza las inversiones de carácter estratégico, frena de manera alarmante la ejecución óptima de los tan necesarios fondos europeos y dificulta notablemente la deseada y perentoria creación de empleo de calidad en todo el tejido productivo.

Tanto es así que el bochornoso espectáculo político vivido recientemente a raíz del rotundo rechazo parlamentario a la senda de estabilidad presupuestaria es una advertencia de innegable claridad que ningún gobernante mínimamente prudente debería permitirse el lujo de echar en saco roto. El Gobierno de la nación no puede, bajo ninguna circunstancia, continuar actuando día tras día como si de verdad atesorara una cómoda mayoría absoluta de la que, a la vista de las votaciones, carece por completo; ni debe tampoco seguir tratando a las comunidades autónomas y a sus representantes democráticos legítimos como si fueran meras administraciones subalternas de segunda categoría, reduciéndolas a simples entes plenamente subordinados a sus particulares estrategias partidistas de supervivencia a corto plazo.

Es por ello que, por tanto, debe imponerse la necesidad imperiosa de llevar a cabo una rectificación de rumbo de carácter inminente, sincero y profundo. Es del todo necesario aparcar la evidente soberbia institucional demostrada hasta la fecha para poder abrir, sin mayores dilaciones engañosas ni condiciones previas que resulten inasumibles, una mesa de diálogo y de negociación verdaderamente constructiva y leal con todos y cada uno de los diferentes presidentes autonómicos. Gobernar de espaldas a la terca realidad ciudadana y prescindiendo por completo de las acuciantes necesidades operativas de quienes sostienen y gestionan el peso del Estado del bienestar supone, hoy por hoy, no solo un error de bulto en la estrategia política del gabinete, sino una gravísima irresponsabilidad de consecuencias incalculables.

En definitiva, creo que únicamente retomando de manera franca y decidida la histórica senda del consenso, del pacto de Estado y del respeto mutuo entre todas las instituciones representativas de la voluntad popular podrá España recuperar de una vez por todas ese horizonte de certidumbre económica y de estabilidad democrática que el conjunto de sus ciudadanos merece y necesita con apremio de cara a labrarse un futuro próspero, seguro y libre de inútiles sobresaltos.

Barcelona: casi 9 años del atentado de Las Ramblas

El próximo 17 de agosto se cumplirán nueve años de la barbarie ocurrida en Las Ramblas, perpetrada por dos yihadistas que atropellaron a numerosos turistas, ocasionándoles la muerte a varios de ellos, entre ellos, a un niño australiano cuya madre, de origen asiático, acabaron hiriendo, pero que, por suerte, con el transcurso del tiempo logró recuperarse, aunque en la actualidad se dedique a recordar a la ciudad de Barcelona como aquella en la que perdió a su único hijo por culpa de musulmanes extremistas.

En estos nueve años que se cumplirán de la tragedia acontecida en Barcelona y Cataluña en general, parece que la clase política no ha aprendido nada de tales sucesos; y es que aún continúan fiándose de aquellos que provienen de países donde el islam domina, bajo el pretexto de que vienen a trabajar y montar sus negocios. No se dan cuenta de que esa es la típica fachada que se utiliza con el fin de despertar la simpatía de gran parte de la sociedad catalana, que a su vez es buenista.

De hecho, en la misma Barcelona puede observarse que una gran parte de este tipo de inmigración se encuentra en la mendicidad, una situación que no debería producirse, sino que lo que deberán hacer es regresar a sus países de origen para tener los cuidados necesarios. Sin embargo, su labor real es la de ponerse a vivir de las limosnas que exigen a los turistas que visitan la ciudad anualmente, incluso acosándoles mientras se encuentran en terrazas tomándose una cerveza o comiendo en un restaurante, hasta que estos no les coloquen una moneda en el vaso que portan.

Lo que antaño era una ciudad que se podía visitar con gusto y sin temor a nada se ha transformado en una en la que debes estar pendiente constantemente de por dónde caminas para evitar que tu móvil y/o cartera desaparezcan. ¿De verdad es esto lo que quieren para Cataluña los de la izquierda más radical? La respuesta a esta cuestión puede ser de lo más desoladora. Para evitar que la cosa vaya a más habrá que hacer lo que sea para evitarlo.

2030 está a la vuelta de la esquina y puede ser el año en el que perdamos la Barcelona que conocíamos hace décadas, como pasará con otras ciudades españolas con la invasión que estamos sufriendo en los últimos años, desde que tenemos como presidente del Gobierno a Sánchez, respaldado por la extrema izquierda. Dicho esto, tan solo hay que rememorar cómo era Barcelona tiempo atrás, también el resto de España. ¿Cómo ha sido nuestra infancia y lo que ha cambiado hasta entonces? Para descubrirlo todo.

No importa si rondas o superas los sesenta años o apenas estás comenzando un grado universitario en el año 2026, en el que habitamos en el tiempo presente. Los cambios en España han sido tan bruscos en estos siete años, algo que cualquiera puede notar; hasta el tonto del pueblo sabe que estoy en lo cierto. Y es que los españoles debemos demostrar que realmente amamos a este país y lo dispuestos que estamos a defenderlo. Por ese motivo, debemos evitar que nos sustituyan demográficamente, por culpa de una clase política incentivada a que este reemplazo prospere mediante ayudas económicas y cubriendo los gastos básicos a todos aquellos que vengan de fuera.

En otros países europeos ya se han rebelado contra la injusticia que se produce contra el hombre caucásico de origen europeo. Y esa es la única solución que veo para que nuestros gobernantes nos hagan caso, porque mediante mostrar nuestro rechazo a través de redes sociales no solucionamos nada; tan solo sirve para desahogarnos. Pero, desgraciadamente, el problema persiste y persistirá, además de empeorar a medida que transcurren los días. Porque mientras más pasivos seamos, peor nos irá a los españoles.

El miedo

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La gente podría pensar que las armas, en general, son el método más eficaz para conseguir que la gente obedezca. Y sí, probablemente estén en lo cierto. Pero hay una forma universal e infalible que afecta a casi todos los seres humanos, que es barata y para ejecutarla correctamente solo hace falta una ligera propaganda bien orquestada: hablo, evidentemente, del miedo; algo real, tangible y que destruye pensamientos racionales, convirtiéndolos en pura obediencia ciega.

Lo hemos visto recientemente con el COVID. No hizo falta presionar a los ciudadanos, pues ellos solos prefirieron quedarse en sus casas sin armar jaleo porque había un virus que mataba a cientos de personas en un solo día. Los medios de comunicación se dedicaron a alarmar con sus noticias sensacionalistas y nada más tuvieron que hacer para que millones de personas se vacunaran voluntariamente, sin saber lo que les inyectaban, pero con la convicción de que así no morirían. Afortunadamente, a los que no tuvimos miedo nos dejaron más o menos en paz.

Ahora están patrocinando un nuevo miedo ante la población: el cambio climático que, según el Gobierno, causa ansiedad en los jóvenes; otra patraña, porque mientras tú no debes contaminar con tu modesto coche, Pedro Sánchez va a la gala de su hija con un avión totalmente vacío que pagamos todos los españoles.

Los seres humanos no somos valientes; necesitamos estar dentro de la manada para sentirnos protegidos, aunque, paradójicamente, elijamos al más inútil, como pasa ahora en España, para dirigir el Gobierno. En cambio, los dueños del mundo, los de verdad, los que tienen el poder y el dinero, lo saben… y precisamente por eso les es tan fácil dirigir a las masas hacia el abismo. No les importan en absoluto las vidas humanas, porque para ellos todo es negocio; las personas somos daños colaterales.

Y, para rematar, ya solo falta que se dediquen a preparar una invasión alienígena; una invasión donde millones de naves creadas por IA invadirán el planeta Tierra, cosa que no sería descabellada que sucediera para atemorizarnos. Así que, abróchense los cinturones… que despegamos.

Cuando el diablo no tiene nada que hacer

“Cuando el diablo no tiene nada que hacer, con el rabo mata moscas”. Este dicho popular, tan castizo, resume a la perfección las técnicas informativas en los meses estivales. Nos encontramos a mediados de julio y venimos sufriendo numerosos culebrones informativos para tapar, interesadamente, los casos de corrupción de nuestros gobernantes.

Me gustaría abordar la propaganda que está generando la izquierda mediática e informativa con la excusa del Mundial de EE. UU., Canadá y México. Concretamente, en dos episodios que nos está regalando esta competición: la celebración de Keyne al ver a su hermano, Lamine Yamal, salir victorioso frente a Austria, y la polémica decisión de Donald Trump de, supuestamente, llamar al presidente de la FIFA para condonar una sanción de expulsión a un jugador estadounidense.

En el primer caso, me gustaría declarar que fui uno del 99% de españoles que se enterneció al ver a un niño de apenas tres años vibrar con un partido decisivo de la Selección Española. Casi todo el mundo vio eso: un niño español afrodescendiente que sentía, más que muchos otros autóctonos, los colores rojigualdos de España. Por el contrario, políticos como Ione Belarra o Pablo Fernández, de Podemos, y comunicadores afines al PSOE, como Sarah Santaolalla, utilizaron la raza del menor de edad para arremeter contra sus adversarios políticos.

Considero que a la izquierda española se le dan muy bien dos cosas: controlar el relato político y mediático para no ser autocríticos con sus casos de corrupción —tendiendo a tildar todo lo que le desfavorezca de «lawfare»—, además de usar políticamente a los «colectivos minoritarios»; en el caso de Keyne, a los afrodescendientes en España y a los menores. Se les llena la boca con la palabra «consentimiento», que por una parte está estupendo que lo haya, pero por otra parte olvidan que, al chaval, como es obvio, nadie le ha preguntado su posición ideológica. Me parece lamentable el uso político de los menores de edad.

Donald Trump también tiene bailando a gran parte de los progres en España. La izquierda española parece haber descubierto que el fútbol es un negocio de multimillonarios y un auténtico Risk —mítico juego de mesa de estrategia— de la geopolítica. Mi intención no es justificar los delirios del magnate estadounidense, pero sí animar a que los que controlan a nuestros gobernantes y periodistas del sistema se aúnen reclamando el peso que se merece España en el próximo Mundial del año 2030, y defendiendo la final en España en vez de que sea en Casablanca —Marruecos—. Donald Trump no hace otra cosa que poner a EE. UU. lo primero; luchemos para que España también sea el centro de las políticas nacionales y del escaparate que supondrá el Mundial 2030, organizado por España, Portugal y Marruecos.

En definitiva, considero que no deberíamos dejarnos ganar culturalmente por personajes mediáticos como Sarah Santaolalla o Ione Belarra. A la hora de la verdad, cuando se abren las urnas, sus propuestas políticas obtienen cada vez menos apoyos y, a medida que avanzan los días, despertamos con más motivos para dejar atrás a los supuestos adalides del juego limpio en la política; quizás ellos son los que más vergüenzas deberían callar.

La metástasis

Yo aún era de izquierdas cuando Zapatero en 2010 tuvo que adelantar elecciones porque no conseguía sacar los presupuestos. En un exceso de bisoñez, aunque disgustado, llegue a pensar que tan solo era un tonto honrado, un incompetente. Todavía recuerdo cuando se llevó a ver a Obama a las niñas vestidas de Halloween. Ahora a Truco y Trato, que ya de niñas tienen poco, les espera el banquillo de los acusados por los sucios manejos de papá.

Más allá de las joyas de galeón pirata de ZP, uno de los asuntos más turbios que le tienen atribulado es el haberse enriquecido —presuntamente— por el reparto de comida humanitaria en Venezuela. Si finalmente se demuestra que, aunque sea algo de esto, es así Zapatero no va a conocer a Dios. Es como Saturno devorando a sus propias hijas.

Delcy, su idolatrada, y segunda al mando en el narco régimen de Maduro, aterrizó en Barajas a pesar de la prohibición de la Unión europea, agasajada por Ábalos, al que acaba de caerle un cuarto de siglo en el talego. En unos días se conocerá si al hermanísimo le absuelven o bien los jueces son fachas, y a Begoña, imputada por varios delitos, le han prohibido acompañar a Pedro a Turquía por la cumbre de la OTAN y esto al parecer es un ultraje porque sin ella no habría forma de convencer a Trump de dejar de dar por culo. Ahora parece que la hija del Sabiniano es Henry Kissinger.

¿Qué tienen en común la mujer de Pedro, el hermano de Pedro y los ex colaboradores de Pedro? A un tipo al que aún nadie le imputa nada, aunque sea a título de cómplice o coparticipe. Al final será verdad aquel rumor del trato preconstitucional que concluyó que ningún presidente iría a la cárcel. O tal vez no, Pedro podría huir porque solo el tener agarrada la poltrona puede que le está librando de ir a chirona.

Hará unos tres años un servidor ya escribía en este digital que la oposición debió hacer más para no permitir que las elecciones se celebraran en pleno julio con tanto voto por correo. Tras aquello gobierna el partido numero dos junto con el número cuatro junto con otras tantas formaciones que incluyen a los herederos de ETA y a los nacionalismos más borregos de izquierdas o derechas. Más allá si lo de importar votantes con la regularización o con la ley de nietos le funciona ¿Creen que si Pedro pierde las próximas elecciones dejará el poder?

Para mí es la más retorica de las preguntas.  Sánchez ha jugado a la alta política —y por esto entiendan la más sucia de las políticas— y puede que haya vencido porque él, quizás mejor que ninguno de sus adversarios y palmeros, ha entendido mejor que nadie el alma del españolete medio y sabe que en este país hay demasiada gente dispuesta a venderse. Hablo de medios, de sindicatos, de altos y no tan altos empleados públicos, de gafapastosos y onlyfaneras en las redes opositando a gorrones. A parte, sin estar en el ajo, sin ganancia conocida, mucho ciudadano anónimo dispuesto a partirse la jeta en cualquier discusión de taberna con tal de defender el NacionalPedrismo como un jenízaro.

Además de fontaneras, mediadores, mercenarias del amor currando de funcionarias y balazos en el coche de Aldama, la última es más de una veintena de imputados por lo de la SEPI, y no dimite ni el bedel mientras un ministro que arrastra los 46 muertos de Adamuz sigue tuiteando bufonadas en X. Bajo la egida de Pedro la que muere es la izquierda, pero también quizá una parte no menor del alma de este país porque desde hace muchas décadas España vuelve a parecerse al duelo a garrotazos de Goya tras años y años de anatemizar a todo aquel que no se pliegue ante los comunicados chuminescos de Moncloa.

Todo cuanto rodea al Sanchismo huele a metástasis, a un apestoso desarreglo multicelular irreversible y Pedro, sin la menor duda, morirá matando. Lean esto último como una metáfora porque si no me veo comiéndome una querella. Tal como dicen los salmos ¿de qué le sirve a un hombre ganar un país si pierde su alma? Eso si la tiene. Cualquier día nos volvemos a quedar a oscuras y le echa la culpa del apagón a Alfonso XIII.

Nunca habíamos defendido tanto la privacidad… ni regalado tanta intimidad

Hay algo deliciosamente contradictorio en nuestro tiempo. Nos alarma la posibilidad de que alguien examine nuestros mensajes privados, pero llevamos años entregando voluntariamente una biografía extraordinariamente precisa a empresas cuyo modelo de negocio consiste, en buena medida, en conocernos mejor de lo que nos conocemos nosotros. Saben dónde estamos, qué compramos, a qué hora dormimos, qué nos indigna, qué nos enternece y cuánto tiempo necesita una fotografía para convencernos de que queríamos unas zapatillas que, cinco minutos antes, ni siquiera sabíamos que existían. Nunca habíamos hablado tanto de privacidad. Nunca habíamos regalado tanta intimidad.

En medio de esa contradicción aparece ChatControl, el nombre con el que se ha popularizado el debate europeo sobre las medidas destinadas a prevenir y combatir el abuso sexual infantil en internet. Conviene precisar los hechos, porque bastante difícil es pensar como para empezar haciéndolo sobre una caricatura. La excepción temporal que permitía a ciertos proveedores detectar voluntariamente material de abuso sexual infantil caducó el pasado 3 de abril, al fracasar el acuerdo para prorrogarla. El Consejo adoptó el 2 de julio una posición para restablecer provisionalmente esas medidas mientras continúa la negociación de un marco permanente, y ahora corresponde al Parlamento Europeo examinarla.

El objetivo merece todo el respaldo posible: proteger a los menores, detectar contenidos criminales, impedir su difusión y ayudar a las víctimas. Nadie sensato discute eso. La discusión empieza después, justamente donde suelen terminar los eslóganes: qué herramientas estamos dispuestos a autorizar, con qué límites, durante cuánto tiempo y quién vigilará a quien vigila. Porque hay una frase que debería despertar cierta inquietud democrática cada vez que aparece: “No te preocupes, solo se utilizará para…”. Solo para los delitos más graves. Solo en determinados supuestos. Solo durante un periodo excepcional. Solo con las debidas garantías. La palabra solo es pequeña, amable y tranquilizadora. También es una magnífica llave. Abre puertas que una prohibición frontal jamás conseguiría abrir.

No estoy diciendo que Europa haya decidido leer las conversaciones de todos sus ciudadanos. Sería falso y convertiría una cuestión compleja en uno de esos titulares que llegan gritando porque no tienen suficientes argumentos para hablar. El Parlamento ha defendido que cualquier medida sea proporcionada y dirigida, y la propia Comisión reconoce que el cifrado fuerte es esencial para la ciberseguridad, la protección de datos y la privacidad. Precisamente por eso la discusión importa: no estamos eligiendo entre proteger a los niños o proteger la privacidad, sino buscando cómo hacer ambas cosas sin destruir una para salvar la otra.

Lo preocupante es la facilidad con la que el debate se convierte en una prueba moral. Quien cuestiona la medida parece obligado a demostrar que le importan los menores. Quien la apoya pasa inmediatamente a formar parte de una supuesta brigada de vigilancia continental. Así nos ahorramos el esfuerzo de pensar: repartimos carnés de buenos y malos, nos instalamos cómodamente en una trinchera y dejamos que la complejidad moleste a otro.

Y la complejidad molesta bastante. Nos obliga a aceptar que una herramienta concebida para perseguir un crimen atroz puede ser necesaria y, al mismo tiempo, plantear riesgos. Que una buena intención no garantiza, por sí sola, un buen diseño. Que el problema no termina el día en que se aprueba una norma, porque las tecnologías permanecen, los gobiernos cambian y los precedentes desarrollan una vida propia bastante más larga que las promesas pronunciadas durante su nacimiento.

Las leyes recuerdan lo que los políticos olvidan. Recuerdan la excepción, la competencia concedida, la herramienta autorizada y el límite desplazado. Por eso, una democracia adulta no juzga una medida únicamente por las manos que hoy la administrarán. También se pregunta qué ocurriría si mañana esas manos fueran otras, menos prudentes, menos escrupulosas o simplemente más creativas a la hora de interpretar aquello de “solo para”.

Hay, además, una ironía que no deberíamos desperdiciar. Hemos permitido que el teléfono conozca nuestros trayectos, nuestros contactos, nuestras búsquedas, nuestras fotografías y buena parte de nuestras conversaciones. Aceptamos condiciones de uso más largas que algunas constituciones con la serenidad de quien firma un autógrafo. Pulsamos «aceptar todo» porque rechazarlas exige siete clics y nosotros tenemos una vida muy ocupada. Después descubrimos que existe ChatControl y nos acordamos, de repente, de que la intimidad era importante.

Pero nuestra incoherencia no elimina el problema. Al contrario: lo hace más urgente. Que hayamos regalado datos a las empresas no convierte en irrelevante el derecho a poner límites al poder público. Una renuncia comercial, por despreocupada que sea, no debe transformarse en consentimiento universal. Haber dejado una ventana abierta no autoriza a nadie a derribar la puerta.

Quizá esa sea la pregunta que estamos evitando. No si tenemos algo que ocultar, esa frase tan repetida por quienes confunden la privacidad con la culpabilidad. Todos tenemos algo que proteger: una conversación con un hijo, una preocupación médica, una crisis de pareja, un proyecto profesional, una confidencia que solo existe porque dos personas creían estar a solas. La intimidad no es el escondite de los culpables. Es el lugar donde los inocentes pueden ser plenamente humanos sin actuar para una audiencia.

Sin duda, ChatControl merece un debate exigente, no porque la protección de los menores sea discutible, sino precisamente porque es demasiado importante para convertirla en un comodín que silencie cualquier pregunta. Europa debe combatir estos delitos con todos los recursos legítimos, pero «todos» y «legítimos» no son sinónimos. La eficacia exige pruebas. La vigilancia exige límites. Las excepciones exigen una fecha de caducidad. Y toda tecnología capaz de observar a los ciudadanos exige una supervisión tan rigurosa como el problema que pretende resolver.

Quizá el mayor triunfo del poder moderno no consista en vigilarnos, sino en conseguir que olvidemos por qué era tan importante no sentirnos vigilados. Y tal vez el verdadero examen de ChatControl no resida únicamente en descubrir cuánto puede protegernos, sino en comprobar si todavía somos capaces de exigir que lo haga sin convertir nuestra vida privada en el precio silencioso de esa protección. Porque proteger a los niños es una obligación irrenunciable. Pero protegerlos bien también significa no legarles una sociedad en la que cualquier puerta pueda abrirse porque, una vez, alguien encontró una razón excelente para fabricar la llave.

Indignos

Hoy el corazón de la nación española se divide entre la ilusión, la tristeza y desesperación, y ante una clase política que sólo es capaz de demostrar lo más rastrero, indigno e insosportable del comportamiento humano en manos de auténticos desaprensivos, lameculos, estómagos agradecidos, muchos presuntos delincuentes y un panorama de futuro para muchos absolutamente desolador en lo social y en lo económico, por no hablar de aspectos como la seguridad o la integración.

La parte de ilusión arranca justo en estos momentos en los que se publica este artículo con el encuentro de cuartos de final entre España y Bélgica del que saldrá el semifinalista que tendrá que lidiar con Francia para alcanzar el sueño mundialista, retándose más que probablemente con Argentina, a tenor de lo que en muchos mentideros se comenta. Parece ser que la FIFA tiene un especial interés en que este equipo sea el vencedor del torneo mundial de fútbol de este año, y corren rumores de amaños, de preferencias en los arbitrajes y en acuerdos bajo la oscura visión de los despachos cerrados a cal y canto. Vamos, nada que hoy en día la ciudadanía de este país no sospeche de cualquier ámbito, donde lo que parecía ser se ha convertido en la pesadilla del sin duda.

Por otra parte, Almería, Andalucía y el resto de España contienen el aire con tal de no animar un fuego que en tierras de los urcitanos se ha llevado la vida de más de una decena de personas y que amenaza con crecer y avanzar sin que los servicios de bomberos puedan hacer gran cosa ante la sequía de los pastos, lo abrupto del terreno y las condiciones climatológicas en las que el aire empuja sin piedad las llamas. Y hasta en ese ámbito, en el de la desgracia, políticos no han tenido el menor aplomo en no medir sus palabras, destacando, como no, el destacado punto desmesurado, hiriente y zafio del ministro que todo pretende arreglarlo a base de cañonazos. Toso, menos los asuntos que incumben a su ministerio, donde todo es un absoluto desastre. Súper Puente contesta al portavoz del PP Tellado llamándolo “pedazo de sinvergüenza” simplemente porque aquél ejerció su derecho de opinión sobre la gestión que el Gobierno pudiera estar haciendo en tierras almerienses con el comentado incendio. Una vez más, al debate práctico, efectivo y necesario de contrarestar con pruebas se impone el discurso del insulto, más propio del “paletolítico” que de una sociedad avanzada y democrática como los españoles defendemos que sea la nuestra. Luego dicen que no es verdad que vamos retrocediendo…

Curioso es, no menos, que observar la indignación del ministro por una opinión que la oposición tiene derecho a ejercer, y la forma en la que la expresa y su respuesta a los múltiples casos de presunta corrupción que le rodean y ante los que salió en defensa de imputados e imputadas y hasta atacando, una vez más, e insultando y desprestigiando a medios de comunicación, jueces, oposición y votantes de la misma. Y es que el rasero que se mide en política no es sino la de la defensa de los propios intereses que coinciden con las siglas que los sostienen. Así se defiende lo indefendible, y a cualquier precio, demostrando, como lo está haciendo este Gobierno y el propio Presidente Sánchez, que se puede llegar a un nivel de indignidad política y de cinismo tal que hasta los propios llegan a acostumbrarse y verlo como algo normalizado.

No, la normalización de este estado de cosas, de la aceptación de la presunción de la corrupción, máxime cuando hay tantísimas pruebas expuestas de su existencia, cuando se han demostrado tantísimos movimientos y conexiones entre ellos y, sobre todo, cuando están demostrando tantas varas de medir, como el hecho de denunciar al delator o colaborador con la justicia, el también imputado y condenado Aldama, y no denunciar o personarse en algunas causas o no dirigir los ataques a alguien que se ha demostrado que se presentaba como representante del mismísimo PSOE y del Gobierno de Sánchez, que se ha demostrado que interpuso por delante sus relaciones con ministros, con fiscalía, con el mismísimo Presidente o con las altas esferas de la Guardia Civil, no haya recibido sino las mínimas críticas y ni una sola denuncia por difamación, supone un auténtico escándalo democrático.

Miren, de haber implicación de gran parte del Gobierno en todos los movimientos descubiertos de las cloacas del PSOE, estoy seguro que muchos de ellos no serían ni responsables y, posiblemente, no tendrían conocimiento directo de lo que estaba ocurriendo. Esto, desde mi versión aún buenista. Eso sí, que con todo lo que ha caído y lo que queda por saber aún se atrevan a defender lo indefendible, a subirse al carro de la presunción de inocencia que jamás han abanderado cuando las causas han afectado a la oposición (y si no, que se lo digan a la pareja de la Presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso), da más que pensar; resultan en una angustia estomacal insoportable de sufrir, en una impotencia absoluta ante la incapacidad de poder decir a más de uno o una a la cara aquello de “si no te lo has llevado calentito de la trama te lo sigues llevando bien templado al seguir ocupando tu puesto a base de cubrir a los responsables, de ocultar la verdadera respuesta ante los datos conocidos» o, como no, “atajo de irresponsables, tumbas blanqueadas por la presunta cal de una ideología que abandera solo aquello que le interesa, pero que lo hace no con fin de solucionar problemas, sino de propiciar conflictos que luego seguir resolviendo, nido de víboras, vividores, lameculos, indignos…”.  Esto, como mínimo.

Pero lo más sorprendente es la creación por parte de estos elementos de la estructura propagandística, de los discursos que esconden estas realidades bajo de nuevo la cal de un buenismo que no es tal, y así lo demuestran los intereses interpuestos, las luchas fratricidas internas, o el análisis coherente de las decisiones y sus verdaderas consecuencias. Y se extrañan que se llegue a la conclusión de que tanto el proceso extraordinario de regularización como la nacionalización por la ley de nietos tenga como fin manipular el censo electoral… y lo hacen aquellos que tragaron con papel de fumar unas elecciones internas en las que presuntamente hubo un tongo más que claro, o aquellos que saben que el precio de que Sánchez está en el poder jamás se podría hacer público porque acabaría destruyendo lo poco que está dejando de un partido socialista cada día más desacreditado.

En definitiva, sólo se me ocurre una palabra para definir educadamente lo que han hecho y lo que siguen haciendo con este maravilloso país. Son unos “indignos”.

¿Discurso de odio u odio al discurso?

En las sociedades democráticas contemporáneas, pocas cuestiones generan tanta controversia y se convierten en ojo actual del debate público como el límite a las libertades fundamentales, pero muy especialmente el atentado a una de las más cotizadas y apreciadas por la generación del “tick tock” y las redes sociales: la libertad de expresión. Y es que la libertad de expresión está directamente vinculada a otras libertades como la libertad de pensamiento, la libertad de culto y religión y la libertad de prensa.

La controversia se activa al observar que, mientras algunos sostienen que el discurso debe ser restringido bajo la etiqueta de ser “de odio”, otros advierten sobre el peligro de que detrás de estas pretensiones se oculte algo mucho más oscuro, que sería socavar la libertad de expresión y con ella a todas las demás libertades relacionadas con la misma, limitando así el propio debate público y el derecho al cuestionamiento. Es aquí donde surge la discusión jurídica y democrática que da lugar a la pregunta inevitable: ¿Estamos combatiendo un real discurso de odio o estamos desarrollando un odio malsano hacia el propio discurso?

Sin soslayar la realidad de que, ciertamente hemos vivido momentos históricos como la época Nazi o la del Ku Klux Klan, en donde el discurso de odio fue real y causó miles de muertes y múltiples vulneraciones a derechos fundamentales, lo que vemos hoy día es que permean en la sociedad ciertos grupos ideológicos que han convertido la convivencia social en una especie de “gobierno de las fobias”, según convenga a sus intereses políticos relacionados con la izquierda radical, el progresismo, la ultra izquierda o a sus ideas particulares, colocando la coletilla de “fobia” a todo lo que disguste, cuestione o contradiga sus gustos, acciones, conductas e incluso caprichos. Es así como nos encontramos con términos lingüísticos como: gordofobia, transfobia, islamofobia, afrofobia, homofobia, bifobia, queerfobia, hispanofobia, femifobia, xenofobia y un muy largo etcétera de todas las palabras que cualquier mente humana pueda imaginar que termine añadida al vocablo “fobia”.

Es lo acabado de describir en el párrafo anterior lo que se convierte en el perfecto “caldo de cultivo” como instrumento argumentativo para tachar “lo que sea” que contravenga a los intereses de los creadores de las “maxifobias” como “discurso de odio”, lo que inmediatamente activa el otro instrumento favorito de cualquier dictadura moderna: la censura, utilizada para callar y mutear voces divergentes con el discurso que realmente se persigue imponer, a las buenas o a las malas.

Cuando se dice que tachan “lo que sea” como discurso de odio, la aseveración encuentra bases tangibles en hechos insólitos ocurridos recientemente, descritos así en razón de la desproporcionalidad de sus resultados, como por ejemplo, el asesinato del activista de derecha Charlie Kirk, cuyo asesino alegaba como “excusa válida” de sus acciones “que solo mató a un discursista de odio” por afirmar que sólo hay dos sexos y que las fronteras de Estados Unidos deberían protegerse de la inmigración ilegal, lo que rápidamente fue calificado por sus adversarios políticos como “homofobia”, “bifobia”, “transfobia”, “hispanofobia” y “xenofobia”. Igualmente cabe recordar en este mismo contexto, el apresamiento en Reino Unido de una mujer llamada Isabel Vaughan-Spruce por el solo hecho de orar en silencio frente a una clínica de aborto.

Es de esta manera cómo el concepto “discurso de odio” se asocia con la dictadura ideológica que intenta imponerse bajo la excusa de proteger derechos humanos de minorías y grupos vulnerables o queriendo traer por las greñas una laicidad con la que la idiosincrasia de muchos pueblos no se identifican, incluyendo el nuestro, la República Dominicana; olvidando que una de las características distintivas de los derechos humanos es que son universales, lo que implica que no son propiedad exclusiva de un determinado grupo de personas, sino que también aplican para ser reconocidos a las mayorías y a las voces divergentes.

Y hablando de derechos humanos, se observa con preocupación que este tipo de atentados contra las libertades fundamentales a nivel global, están siendo impulsados por organismos internacionales, cuya autoridad para trazar e imponer pautas políticas a lo interno de los Estados se ha visto seriamente cuestionada por tratarse de entidades divorciadas del concepto “democracia electiva o participativa”, pues por ninguno de los que hoy dirigen o controlan dichas entidades ningún ciudadano en particular ha cedido su voz o autoridad para decidir en su nombre a través del voto, que es la verdadera democracia participativa.

A propósito, la Organización de las Naciones Unidas (ONU), en su página web oficial, ha dado una definición de “discurso de odio” digna de estudio profundo, a saber: “cualquier tipo de comunicación ya sea oral o escrita, —o también comportamiento— , que ataca o utiliza un lenguaje peyorativo o discriminatorio en referencia a una persona o grupo en función de lo que son, en otras palabras, basándose en su religión, etnia, nacionalidad, raza, color, ascendencia, género u otras formas de identidad», más adelante expresa como características del discurso de odio: “ 1- Se puede materializar en cualquier forma de expresión, incluidas imágenes, dibujos animados o ilustraciones, memes, objetos, gestos y símbolos y puede difundirse tanto en Internet como fuera de él.  2- Es “discriminatorio” (sesgado, fanático e intolerante) o “peyorativo” (basado en prejuicios, despectivo o humillante) de un individuo o grupo. 3- Se centra en “factores de identidad” reales o percibidos de un individuo o grupo, que incluyen: «su religión, etnia, nacionalidad, raza, color, ascendencia o género”, pero también en otras características como su idioma, origen económico o social, discapacidades, estado de salud u orientación sexual, entre otras muchas».

La definición acabada exponer, como bien puede observarse está cargada de varios sesgos, que invitan a la subjetividad en su máxima expresión, desde donde surgen interrogantes como: ¿Qué específicamente se considera como “ataque”? ¿A cuáles gestos y a cuáles símbolos se refiere? Esto porque de momento, puede entonces de tales ambigüedades y subjetividades explicarse el accionar de la policía británica cuando apresó la mujer mencionada, porque entendió “la oración” aún sea “en silencio” como “un gesto” de odio… o también podría explicarse de ahí mismo, por qué entidades gubernamentales y privadas, hoy atentan contra la libertad de religión como derecho conexo al de la libertad de expresión de sus empleados, restringiendo el hecho de orar en tiempo de descanso o ante una situación adversa del trabajador, o prohibirle a éste que utilice como accesorio o prenda de vestir un símbolo religioso como la cruz, la virgen o el pez, o peor aún, de los tribunales de un país retirar los crucifijos de estrado y el propio escudo de la bandera nacional porque dice “Dios, Patria y Libertad” y tiene una Biblia abierta, acciones que según la definición en cuestión y el método utilizado por sus discípulos podría catalogarse entonces de “Cristianofobia”.

En una sociedad democrática y un verdadero Estado de Derecho, las reglas a la hora de restringir libertades fundamentales deben ser sumamente transparentes, imparciales y ecuánimes, que si bien es cierto tiendan a garantizar el resguardo de derechos humanos de particulares, no terminen convirtiéndose en cámara de gas para la preservación de derechos colectivos tan importantes como  la libertad de expresión, pilar fundamental de una verdadera democracia, basada en el pluralismo, el verdadero respeto a la diversidad y el intercambio de ideas. Llegado el cierre, podemos decir que “La libertad de expresarse es libertad, porque justo no está sujeta a lo que otro quiera ver o quiera oír”. (Suinda Brito).