A veces hay noticias que consiguen helarnos la sangre, además de paralizarnos y noquearnos, a consecuencia de que nosotros, como seres humanos, somos incapaces de procesarlas sin horrorizarnos.
Hace unos días asistimos atónitos al salvaje asesinato de tres menores a manos de su madre. Al parecer, ella los estranguló mientras veía el horror en los ojos de los pequeños, quienes no podían comprender cómo su madre, la persona que debía cuidarlos y protegerlos, se dedicaba a quitarles la vida.
Tras conocerse tal asesinato, fue detenida y es aquí donde comienza el circo mediático. Como ella no quiso quitarse de en medio, muchos quisieron establecer el relato de que tenía una depresión profunda y todo a causa de un maltrato psicológico propiciado por su pareja y una serie de atenuantes sacados de una manga tan injusta como permisiva.
Sin embargo, aquí no acaba la cosa; la maquinaria woke se puso en marcha con la intención de defender a la progenitora, presuntamente asesina, compadeciéndola, asegurando que ella era una víctima del patriarcado. Es entonces cuando las feministas radicales establecieron el relato de que la que ha arrebatado la vida de sus hijos había que considerarla una víctima.
La opinión pública, por su parte, se dividió: la mayoría de gente normal optamos por ponernos del lado correcto de la historia, el de tres criaturas, uno de ellos un bebé, a los que un ser del infierno llamado madre les arrebató la vida y un futuro que ya nunca tendrán. Otros, la minoría, personas carentes de corazón, quisieron apoyar a la madre, cuya mirada de psicópata daba a entender que todas sus acciones las ha hecho de manera consciente.
Para terminar, tan solo me queda decir que no soy partidaria de la pena de muerte, pero, en un caso como este, apoyaría la cadena perpetua sin revisión ni beneficios, para que quien asesine se pudra en la cárcel. Porque a los demonios hay que cazarlos para posteriormente devolverlos al infierno, lugar del cual nunca debieron salir. Que Dios tenga en su gloria a los tres ángeles.
