CulturaYa no se queman bibliotecas

Ya no se queman bibliotecas

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Buenas noticias: nuestros hijos ya no se cansan leyendo.

Básicamente porque no llegan.

PISA 2025 acaba de darnos la peor nota de nuestra historia, y donde de verdad se ha abierto el suelo es en lectura: cuarenta y cinco puntos menos en diez años. Y no, no es culpa de una ley española: Japón también cae. Esto no es una política. Es una época.

Durante unos días lo trataremos como un problema escolar. Habrá tertulias, atriles, flechas rojas y ese debate apasionante sobre qué ministro tiene la culpa. Qué ingenuidad tan entrañable.

Porque leer no es una asignatura. Es un entrenamiento. El único que existe para algo muy concreto: aguantar una idea que no te da la razón durante más de treinta segundos.

Un texto largo te obliga a practicar deportes de riesgo. Esperar. Recordar lo que decía la página tres cuando vas por la nueve. Descubrir que el autor matiza. Que el asunto era más complicado. Que el primer párrafo no era la conclusión.

Quien sabe hacer eso tiene un defecto terrible para cualquiera que quiera venderle algo: pregunta.

Quien no sabe, reacciona.

Y la reacción es rentable. Rentabilísima. Hay industrias enteras, con ingenieros brillantes, dedicadas a una sola tarea: que no llegues al final de nada. Que el vídeo dure nueve segundos. Que la frase quepa en una pantalla. Que siempre haya algo más urgente vibrando en tu bolsillo. No es un complot. Es peor: es un modelo de negocio. Tu atención es la mercancía, y una atención troceada se vende en más pedazos.

Nadie diseña una aplicación para que tu hijo termine un libro.

Se diseñan para que no lo empiece.

Y fíjate en la diferencia, que es enorme y casi nadie la dice: en una pantalla, lo siguiente que ves lo decide otro. Un algoritmo que te conoce mejor que tu madre elige el próximo vídeo, la próxima noticia, el próximo enfado. En un libro, no. Un libro es probablemente el último lugar del mundo donde nadie decide por ti qué viene después. La página siguiente es la que es. No se adapta a tus gustos. No te da la razón para que te quedes. No sabe quién eres.

Quizá por eso cada vez se abre menos.

Esta semana muchos pedirán prohibir el móvil en los colegios. Llegan tarde: el 86% de nuestros alumnos ya estudia en centros donde está prohibido. Lo prohibimos en el aula a las nueve de la mañana y se lo regalamos por la comunión. Le quitamos el teléfono en clase y se lo devolvemos en la cena, junto al nuestro, que para eso está encendido encima del mantel.

Así que no, este examen no lo han suspendido solo ellos. ¿Cuándo fue la última vez que leíste treinta páginas seguidas sin mirar el móvil? No contestes. Yo tampoco quiero saber la mía. Compartimos noticias sin abrirlas, opinamos de libros por la contraportada y discutimos artículos de los que solo hemos visto el titular. Y luego nos escandaliza que un chaval de quince años no llegue al final de un párrafo.

Aquí viene lo inquietante.

Una idea corta no se discute: se acepta o se rechaza. Me gusta, no me gusta. A favor, en contra. Pulgar arriba, pulgar abajo. Las ideas cortas no se piensan. Se creen. Y quien solo puede creer queda a merced del último que le hable con suficiente seguridad y suficiente volumen.

El titular sin noticia. El bulo con buena tipografía. El miedo en formato vertical. El eslogan que no resiste un segundo párrafo y que, precisamente por eso, nunca lo tiene.

Durante siglos, saber leer fue un privilegio que se vigilaba. Los libros se prohibían, se quemaban, se guardaban bajo llave, se escribían en una lengua que el pueblo no entendía. Generaciones enteras aprendieron a leer a la luz de un candil, después de doce horas de trabajo, porque intuían algo que hoy hemos olvidado: que quien lee deja de depender de lo que le cuentan.

Hoy tenemos bibliotecas gratuitas, con calefacción y wifi, abiertas de lunes a sábado.

Y vacías.

Ya no hace falta prohibir libros para tener una población que no lee. Es mucho más elegante: basta con que leer resulte agotador.

Ya no se queman bibliotecas. Se dejan sin visitantes.

Un país que no aguanta una página no se vuelve más tonto. Se vuelve más fácil. Más fácil de asustar, de entretener, de convencer y de llevar de un enfado a otro sin que nadie pregunte adónde vamos.

Y eso no es un problema de rankings. Es que estamos criando ciudadanos que, el día que alguien les cuente una historia complicada, no van a tener con qué defenderse.

La libertad nunca fue solo poder decir lo que piensas.

Antes que eso, fue poder pensarlo.

Y pensar necesita tiempo. Necesita silencio. Necesita llegar al final.

Hace no tanto, en casi cualquier casa, había una escena que nadie fotografiaba.

Un crío tirado en el sofá, con un libro demasiado gordo para su edad, que no contestaba cuando lo llamaban a cenar.

No por maleducado.

Porque estaba lejos. En otro siglo. En otro país. Dentro de la cabeza de alguien que no se le parecía en nada.

Volvía tarde, con hambre y un poco distinto.

Nadie le había dado un premio, ni una notificación, ni un «me gusta».

Pero había aprendido algo que no mide ningún informe y que lo explica todo: que se puede estar mucho rato con una idea sin salir corriendo. Que se puede no estar de acuerdo y seguir leyendo. Que el mundo es bastante más grande que la primera frase.

Ese crío no sabía que estaba practicando la libertad.

Por eso nadie pudo quitársela.

Raquel Puerta Nevot
Raquel Puerta Nevot
Raquel Puerta Nevot es técnica de Organización, escritora y formadora. Cuenta con casi tres décadas de experiencia profesional en Elecnor, vinculada a la gestión, coordinación y desarrollo de proyectos en el sector de las telecomunicaciones. Es autora de tres libros y, desde 2023, ha publicado más de 150 artículos en Minuto Crucial sobre actualidad, sociedad, cultura y política internacional. Fundadora de Bioneurosalud e impulsora de Awareness Max, combina su experiencia empresarial y tecnológica con la docencia, la divulgación y el desarrollo de proyectos centrados en las capacidades humanas. Su escritura se caracteriza por una mirada crítica, multidisciplinar e independiente.

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