Quien es asiduo a la lectura de mis artículos estará acostumbrado a observar mis comentarios en torno a los cambios que ha experimentado la política y, especialmente, la clase política en los últimos años. Y sí, desde que se produjo el 15M e irrumpieron nuevas formaciones con un ímputo que de lejos se veía, entreveía que sus ambiciones estaban muy por encima de sus convicciones. Así, de esta forma, aquellos que consiguieron capitalizar políticamente aquél movimiento social de los acampados y de aquellos a los que consiguieron convencer con sus discursos, se hicieron con escaños y, gracias a las mayorías de minoritarios, llegaron a tocar el cielo, que no significó otra cosa que consiguieron alcanzar puestos en el Gobierno. ¿Para qué? ¿Qué ha cambiado si esos políticos estuvieron en el poder, decían llegar con el mandato del pueblo y aspiraban a mejorar este país? Pues siento mucho decirlo, pero prácticamente todo continúa igual o peor.
Dicen que ha aumentado el número de empleos, a pesar de que el desempleo sigue creciendo. Han llegado a este país millones de personas, muchas de las cuáles han terminado siendo financiadas con ese dinero que decíamos en el 15M que no nos sobraba. Arremetían en aquellos entonces, también, con la política de vivienda acusando a la derecha, aunque gobernara Zapatero, de las consecuencias de sus políticas. El resultado no fue otro que la vistoria del PP en las siguientes elecciones generales catapultando a Mariano Rajoy a la Presidencia del Gobierno de España. Es decir, produjo el efecto exactamente contario. Posteriormente a eso los movimientos sociales continuaron organizaóndose, cogiendo fuerza y trabajando sobre el odio y la recreación de conceptos, como el tan cuestionable derecho a decidir que sabemos adónde nos llevó, o la consideración de fachas, ese resurgimiento de conceptos dañinos para la democracia cuando precisamente la base de la misma es el debate y libertad de ideas y no el frentismo como estrategia definida. Se había creado el monstruo; el Frankestein sólo necesitaba la descarga enérgica de unas elecciones que le dieran los números, o de una moción de censura, como la que hizo irrumpir a Sánchez como Presidente del Gobierno antes de pasar por las urnas. Sí, exactamente, el mismo Presidente que habla de agotar la legislatura porque dice ser un mandato democrático llegó al poder no por las urnas, sino por las turbias negociaciones que terminarían dando consideración privilegiada a aquellos que rinden culto ciudadano a los terroristas de la banda terrorista ETA o a aquellos que supusieron una amenaza real y efectiva a la integridad territorial de este país.
Bueno, ya sabemos, a tenor de Ceuta, lo poco que le puede importar a Sánchez la integridad territorial. O, quizás, menos, mucho menos que sus ambiciones. Era el personaje perfecto para entenderse con los recién llegados al mundo de la política desde los escenarios de la Plaza del Sol y los aledaños del Congreso. Así, de este modo, en España hemos vivido una continuidad de poíticas parche, llevadas al extremo de intentar aparentar que el Gobierno y sus socios son los que representan el buenismo que respeta los Derechos Humanos, aunque no corte radicalmente la escalada de muertes en pateras de personas que vienen de este modo aspirando a los beneficios que su propio Gobierno y sus socios no reparan en proponer, exponer y aprobar para ellos y, que son, asimismo, parches que no solucionan ni la vida de la mayoría de ellos en el sentido que quisieran y que complican cada vez más la seguridad y la convivencia. Porque, oigan, que vengan y se integren, sinónimo de este Gobierno, y de sus socios, de que se aguanten los españoles con lo que vengan porque tienen que aceptarlo, y aceptar sus costumbres, e incluso asumirlas, por encima de las propias a las que detestan y se enfrentan, acosan y denostan. Todo lo que huela a esa bandera que es la de todos es sinónimo de fascista, de facha, de engendro que habría que sustituir por los cálidos y amables personajes que acampan a sus anchas en las playas de Ceuta y que llegaron a una fiesta que ni estaba convocada ni llevaban invitación. Millones de euros de los bolsillos de los impuestos de todos para ellos, para cubrir sus necesidades, por encima de las necesidades de los ceutíes y hasta de las Fuerzas de Seguridad del Estado, en número de mínimos, en poder de actuación por mandato del ministro del Interior, Marlaska, inexistente, y con unas condiciones de subsistencia que de seguro rechazarían muchos de los propios inmigrantes, especialmente aquellos que llevan teléfonos de última generación y tratamientos estéticos de alto coste, a la espera de que seamos nosotros los que se los continuemos pagando.
La desfachatez es tal, que ni siquiera han tenido hasta el momento el gesto de pedir perdón por errores de la dimensión de la Ley del Solo Sí es Sí, que facilitó la salida anticipada de la cárcel de multitud de viladores y pederastas, o el recorte de la prisión para muchos. Y es que ese perfil, el de aquellos que cometen delitos, es una de sus prioridades, al excarcelación, la culpabilidad a la sociedad de que esas personas sean delincuentes, como si no hubieran podido elegir, como si la sociedad en sí hubiese sido una cárcel de castigo que los hubiese condenado de antemano antes de su decisión de violar a una niña, o a un niño, o pegar hasta la muerte a una mujer. Por cierto… más parches. Millones en políticas de la mujer y avances los justos, al menos en lo que se refiere a violencia de género, donde no podemos observar, por desgracia, que las cifras realmente estén descendiendo. ¿Quién va a dar la cara por este fracaso, por estas inversiones que no han servido para sus objetivos? ¿Quién va a pagar por la criminalización de muchos hombres, por el mero hecho de serlos, en una situación de enorme inferioridad y de vulnerabilidad ante unas leyes que lo incriminan antes de que se demuestre absolutamente nada, y que los ha hecho y hace pasar por situaciones absolutamente vejatorias?
Es el problema de los parches, que se ven, se sienten y se distinguen, que no solucionan un hueco en una pared lisa, sino que suponen, más bien, un nuevo obstáculo a que el verdadero problema, es que queda tapado pero que sigue existiendo, se pueda erradicar. Así ha pasado en la presente legislatura con prácticamente todo, con todas las leyes. Y esto, que nadie nos engañe, ha sucedido, entre otras cosas, porque cuando son tantas voces las que deciden, o de las que dependen tanto la aprobación de las leyes, estas terminan por presentarse o decafeinadas por el veto de unos u otros, o rebosando en inoportunidades por el mero hecho de que cada uno quiere dejar su imposta en cada normativa que pasa por el Congreso.
Sin embargo, toda esta amalgama de decisiones incoherentes con el sentir de la representación política en el Congreso de los Diputados se traduce en una situación que desestabiliza, que engaña, que ensucia y que no resuelve absolutamente nada, más allá de los intereses personales o de su partido de aquellos a los que se les ha dado la potestad de aprobar las leyes. Y, efectivamente, así estamos. La situación general del país, en la que se ha profundizado enormemente en muchos de los problemas que ya asumía en el año 2018, sin resolver prácticamente ninguno, nos sitúan ante una arcas con una deuda pública prácticamente inasumible, unos servicios públicos de cuarta, que nos propician accidentes mortales, retrasos y desconfianza, y unos derechos que han crecido muy por debajo del IPC, por lo que nuestro nivel de vida ha descendido considerablemente, así como nuestra capacidad de ahorro. Un ahorro, por cierto, que se ha visto perseguido y castigado. Pareciera que se hacen visibles las consignas más extremas de aquellos que propugnan aquello de que «nos quieren a todos pobres».
Hoy el Congreso, con los votos en contra de PP, VOX y Junts, ha tumbado la conocida como Ley MariCarmen. Una Ley que, como la información interesada y parcial que se ofreció de esta anciana madrileña y de su historia y condiciones, era de lo más incierta. Incierta por las continuas contradicciones que planteaba en sus dos propuestas presentadas, pero también de redacción aligerada, más bien decorativa que efectiva para sus fines y con lagunas, como todos los parches aprovados en esta legislatura, que nos llevaban más al acierto de que provocará el efecto contrario al pretendido. Bueno, no en vano los grandes tenedores del Congreso son los de la izquierda, llegando a cerca del 50 % en alguno de los partidos, mientras que en la derecha se sitúan en torno al 21 % de los represnetantes.
Pero, no nos engañemos, no caigamos, una vez más, en la trampa. estos decretos fueron aprobados y presentados para su confirmación en el Congreso con el firme convencimiento de que no se iban a sacar adelante. Era la jugada perfecta. Era la excusa exacta que el PSOE demandaba para demostrar que los grandes enemigos de los más débiles son «los fachas». Junts no es que no haya caído en la trampa en el día de hoy, es que ha caído en la trampa desde que el PSOE presentó en el 2018 su moción de censura. Lo mismo que el PNV, igual, exactamente igual. Ha jugado con ellos al juego de la libélula hembra que, después de aparearse con el macho se lo temina comienso. Así es la izquierda diseñada por Pedro Sánchez y los ambiciosos herderos del 15M. No tienen el más mínimo miramiento y se recrean en la sangre aún caliente corriendo por sus colmillos después de la cruel matanza y criba «ideológica». Entendiendo «ideológica», por supuesto, como el «estás conmigo o contra mí». Eres útil para mis intenciones o eres enemigo al que batir sin piedad.
Ahora llegan las lecturas. ¿Habrá elecciones? Y todos coinciden en decir que habrá si le interesa a Sánchez. Este hará cábalas sobre si los juicios que quedan del PSOE, quizás nuevas imputaciones, quizás al propio PSOE, quizás que se pueda descubrir lo de PEGASUS, quizás que el castigo de las decisiones en política internacional terminen por barremos totalmente de Europa, quizás que cuando nos vayamos no quede ni para palillos de dientes y con una deuda estratosférica a la que hacer frente, quizás que se avecine una crisis económica de proporciones no predecibles, quizás, quizás, quizás, como dice la canción.
Y seguimos estando en manos de quién controla los tiempos e intenta controlar a la ciudadanía con bulos, mentiras, con miedo y con insultos creando, como la peor de las dictaduras, al enemigo del pueblo dentro del mismo pueblo.
Siento mucho decirlo pero, ni el mejor Stephen King habría sido capaz de describir un mal tan bien cruzado y manipulador como dirigente de una nación en democracia. Hasta el poder judicial tiembla con cada una de sus leyes. Bueno, el poder judicial menos la fiscalía y el Constitucional, que ya lo dejó claro en una entrevista. ¿Y de quién dependen los jueces? Pues eso.

Periodista, Máster en Cultura de Paz, Conflictos, Educación y Derechos Humanos por la Universidad de Granada, CAP por Universidad de Sevilla, Cursos de doctorado en Comunicación por la Universidad de Sevilla y Doctorando en Comunicación en la Universidad de Córdoba.
