Hay familias capaces de conservar fotografías que, con el paso de los años, terminan olvidadas en un cajón. Otras, en cambio, corren una suerte muy distinta: generación tras generación, consiguen transformar sus imágenes en memoria colectiva. La historia de la familia Casasola pertenece, sin lugar a dudas, a este segundo grupo, porque su legado fotográfico no solo ha sobrevivido al paso del tiempo, sino que se ha convertido en un testimonio imprescindible de la historia de México.
El pionero, quien comenzó a construir, imagen a imagen, una huella que terminaría trascendiendo a su propia época, fue Agustín Víctor Casasola, mexicano nacido en 1874 y considerado en su país uno de los grandes nombres del fotoperiodismo. El fotógrafo y periodista entendió desde muy pronto que una imagen podía ser mucho más que una mera instantánea: podía convertirse en un fiel testimonio de su tiempo y, con el paso de los años, transformarse en memoria.
A lo largo de su dilatada trayectoria, Casasola reunió una extraordinaria cantidad de fotografías en las que los protagonistas no eran únicamente personajes relevantes. También lo eran las calles, las escenas cotidianas, los acontecimientos políticos, la vida social y las manifestaciones culturales de un México en constante transformación. Su cámara no se limitó a retratar los grandes acontecimientos de su tiempo, sino que también supo detenerse en la vida de quienes formaban parte de aquel país. Y es precisamente esa combinación entre los grandes episodios de la historia y la realidad cotidiana de sus protagonistas la que convierte su legado en algo excepcional y digno de admiración.
Entre sus grandes aportaciones al mundo de la comunicación destaca la creación de una agencia de información gráfica que, con el paso de los años, acabaría dando lugar a uno de los testimonios fotográficos más importantes de la historia de México: el Archivo Casasola, un extraordinario legado documental que hoy se encuentra resguardado por el Sistema Nacional de Fototecas.
Pero la historia no llegó a su punto y final con Agustín Víctor Casasola. En 1912, su primogénito, Gustavo Casasola Zapata, decidió recoger el testigo de su padre y dedicar buena parte de su vida a preservar un patrimonio de incalculable valor. Gustavo no quiso limitarse a custodiar el legado que había recibido, sino que creó también una colección propia y desarrolló una intensa labor editorial con un objetivo muy claro: relatar la historia de México a través de la fotografía. De esta vocación nacieron algunas de sus obras más importantes, entre ellas Historia Gráfica de la Revolución y Seis Siglos de Historia Gráfica de México, auténticos esfuerzos por reunir, ordenar y documentar, a través de numerosos volúmenes, la evolución social y política del país azteca.
No obstante, la historia no terminaría ahí. A partir de 1962, Gustavo Casasola Zapata, junto a su hijo Gustavo Casasola Salamanca, fundó la Editorial Gustavo Casasola, dando así continuidad a una labor que ya había trascendido varias generaciones. Una nueva generación se incorporaba a la familia para ponerse al servicio de un legado que, desde hacía décadas, había dejado de pertenecer a un colectivo concreto para convertirse en parte de la memoria histórica de México.
Y aquí reside, precisamente, una de las claves para comprender la grandeza de la familia Casasola. Una fotografía puede pertenecer a quien la hizo, pero su significado, con el devenir del tiempo, termina perteneciendo a todos. Porque cuando una fotografía sobrevive a su autor, atraviesa generaciones y continúa hablándonos décadas después de haber sido capturada, deja de ser únicamente un recuerdo familiar para convertirse en patrimonio colectivo. Ese es, precisamente, el verdadero valor de la fotografía: su capacidad para detener el tiempo y permitir que quienes no vivimos una época podamos contemplarla, comprenderla y, de algún modo, formar parte de ella.
La labor editorial de los Casasola ha contribuido a evitar que miles de fotografías queden relegadas al olvido. Imágenes transmitidas de generación en generación que hoy permiten comprender cómo era el México de antaño, cómo vivían sus ciudadanos, cómo evolucionaba su sociedad y cómo se sucedían acontecimientos de toda índole que, con el paso del tiempo, terminarían dando forma a su historia.
Pero recibir un legado histórico no significa, por sí solo, saber conservarlo. Lo verdaderamente difícil es mantenerlo vivo y conseguir que continúe hablando a las generaciones futuras. Es aquí donde irrumpe Vania Casasola, bisnieta de Agustín Víctor Casasola y representante de una nueva generación comprometida con preservar, difundir y proyectar hacia el futuro este patrimonio que pertenece a todos los mexicanos.
La bisnieta de Agustín Víctor Casasola ha tenido la osadía de asumir la responsabilidad de preservar, investigar y difundir el legado fotográfico familiar, una tarea nada sencilla, participando en exposiciones, proyectos culturales y distintas iniciativas relacionadas con la historia y la fotografía de México. Sin embargo, hay una dimensión especialmente relevante en su labor: lograr que todo ese patrimonio trascienda las fronteras de la familia y llegue también a nuevas generaciones y audiencias.
Porque conservar miles de fotografías en un archivo no es suficiente. También hay que lograr que nuevas generaciones estén dispuestas a mirarlas, descubrirlas y comprenderlas. Hay que explicar qué ocurrió antes y después de que aquella cámara capturara cada instante, devolviendo el contexto a los rostros, a las calles, a los acontecimientos y a las historias que quedaron atrapadas en una imagen. Solo así una fotografía deja de ser una simple imagen del pasado para convertirse en una ventana abierta a la historia.
Desde la delegación de Casasola en México, Vania trabaja precisamente en esa dirección: trasladar el patrimonio familiar a nuevos formatos y plataformas, aprovechando las posibilidades del presente para acercar la historia de México a generaciones que ya no tienen por qué relacionarse con ella de la misma manera que lo hicieron sus antepasados. El reto consiste en conseguir que esas imágenes sigan despertando interés, no solo como testimonios de un tiempo pasado, sino como una forma de comprender el país que ha llegado hasta nuestros días.
Para Vania Casasola, el legado familiar representa algo que va mucho más allá de un archivo fotográfico. Supone el compromiso de mantener viva una narrativa gráfica que, generación tras generación, permite volver a un extraordinario patrimonio documental y realizar nuevas lecturas capaces de ayudarnos a comprender quiénes fueron los mexicanos en el pasado y, en cierta medida, quiénes son en el presente. Porque las fotografías no solo conservan lo que ocurrió, sino que también pueden ayudarnos a entender cómo se ha construido la sociedad que ha llegado hasta nuestros días.
Más de un siglo después de que Agustín Víctor Casasola comenzara a construir aquella memoria visual, el trabajo continúa. Y quizás ahí resida la verdadera grandeza de los Casasola: no haber permitido que sus fotografías quedaran reducidas a simples recuerdos del pasado, sino haber conseguido que siguieran formando parte de la historia de México y que las nuevas generaciones puedan descubrir, a través de ellas, el país que sus antepasados fueron construyendo paso a paso.
Porque mientras exista alguien dispuesto a conservarlas, estudiarlas, interpretarlas y acercarlas a las generaciones que vienen detrás, como hace Vania en la actualidad, aquellas imágenes seguirán teniendo algo que decirle a México y al mundo. Continuarán hablando de un país, de una sociedad y de quienes estuvieron allí antes que los mexicanos del siglo XXI. Y, sobre todo, seguirán demostrando que algunas fotografías no envejecen: con el paso del tiempo, dejan de ser simples imágenes para convertirse en memoria.

Periodista bilbaíno a jornada completa, anteriormente locutor en Cadena SER Miranda y al mismo tiempo articulista en diversos medios digitales. Amante del gimnasio y la naturaleza a tiempo parcial.
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-Steve Jobs.
