EspañaTodos somos Maricarmen

Todos somos Maricarmen

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La actualidad informativa española ha encontrado su nuevo icono de la vulnerabilidad en Maricarmen, una entrañable señora de 87 años que acaba de ser desahuciada de su vivienda en el señorial barrio de Retiro, en Madrid. Las imágenes han abierto telediarios, sobre todo de los medios públicos y privados afines al régimen: centenares de activistas pancarta en mano, lágrimas, consignas revolucionarias y artistas de renombre recitando a Alberti a las puertas del bloque para frenar lo que se ha calificado unánimemente como «el drama de nuestro tiempo». Siempre con la inestimable ayuda de famosos ricos que suelen ser siempre muy solidarios con el dinero de los demás. Ante este panorama, es imposible no contagiarse de la indignación generalizada y exclamar con el puño en alto que, en el fondo, todos somos ella. Porque, ¿quién no se identifica con la irresistible picardía de vivir prácticamente gratis a costa del prójimo durante toda una vida?

España es, por definición, la cuna de la novela picaresca. Lázaro de Tormes, Guzmán de Alfarache o la Pícara Justina habrían aplaudido con genuina admiración la impecable estrategia residencial de nuestra protagonista. Maricarmen no era una paria de la tierra; era funcionaria, una profesión que al común de los mortales suele garantizarle el acceso a una hipoteca. Capacidad económica para comprar una vivienda no le faltaba. Sin embargo, decidió que la propiedad privada estaba sobrevalorada. ¿Para qué meterse en engorrosas deudas durante años si sus padres habían firmado un glorioso contrato de renta antigua en 1956, en pleno régimen de Franco?

La jugada maestra se prolongó durante décadas. El cabeza de familia faltó, el contrato pasó a la madre y, cuando esta falleció en el año 2005, Maricarmen asumió con naturalidad el relevo del chollo inmobiliario. Daba igual que la Ley de Arrendamientos Urbanos del PSOE de 1994 estipulara con meridiana claridad que la segunda subrogación tenía fecha de caducidad y que debía abandonar el inmueble en 2007. ¿Para qué hacer caso a las leyes socialistas cuando se puede apelar al sentimentalismo? Así, los propietarios legítimos, que quizá nunca hayan disfrutado de esa vivienda porque serán los herederos de quienes la alquilaron en su día, se vieron obligados a soportarla durante 20 años cobrando un alquiler miserable que no alcanzaba ni para cubrir los gastos ordinarios de la comunidad de vecinos y el IBI. Un negocio redondo para la inquilina y una expropiación encubierta para los dueños. Por eso, se hartaron y vendieron a una inmobiliaria, seguramente con mucha rebaja sobre el precio de mercado. Si yo fuera ellos, ahora estaría acariciando un gato viendo las imágenes en televisión.

Como era de esperar en una sociedad tan fácilmente manipulable a través de los sentimientos, la maquinaria política no ha tardado en ponerse en marcha. La izquierda política y sus terminales mediáticos han corrido a utilizar el desahucio como ariete para cargar contra Isabel Díaz Ayuso, su bestia negra favorita, obviando el pequeño y molesto detalle de que el lanzamiento judicial se ejecuta en estricta aplicación de una ley aprobada por el propio PSOE. La demagogia no entiende de BOE, pero sí de geografía selectiva. Nadie en esas manifestaciones parece recordar que se producen muchísimos más desahucios en Cataluña que en Madrid, ni que la denostada capital de España construye bastante más vivienda social que el oasis catalán, donde el intervencionismo lleva años destruyendo la oferta del mercado. Por cierto, en una entrevista realizada horas antes de su desahucio, Maricarmen dijo que el primero de los culpables de su situación era Pedro Sánchez pero, ¿cuál de los portavoces de la sincronizada va a recordar esa pequeñez?

Mientras el progresismo de salón se rasga las vestiduras por una funcionaria que prefirió el Retiro casi gratis a la responsabilidad de pagar su techo, a muchos nos viene a la memoria otra España: la de mis padres, que habiendo nacido en los mismos años que Maricarmen, decidieron tomar un camino bastante menos glamuroso. En 1970, mi padre, que era escayolista y trabajaba sin descanso incluso los fines de semana, compró a plazos por 500.000 pesetas una vivienda sumamente modesta, de 60 m2 cuadrados, en las afueras de Madrid, firmando para ello docenas de letras de cambio, como se solía hacer entonces. No había paseos por el Retiro al salir de trabajar, como tenía Maricarmen, sino descampados cercanos en los que los chavales salíamos a jugar, con campamentos de gitanos a poca distancia, sin apenas infraestructuras ni servicios públicos pero sí con el orgullo de pagar lo propio con el sudor de la frente.

Maricarmen prefirió la picaresca del siglo de oro y exprimir el limbo legal hasta el último minuto.  Por eso, cuando los políticos y los coros mediáticos repitan el mantra de la vulnerabilidad, convendría recordar que la verdadera vulnerabilidad la sufre una sociedad manipulada, incapaz de distinguir a una víctima de una persona que lleva setenta años viviendo a costa de los demás. Y los jóvenes, los presuntos “nativos digitales” que tienen en su mano toda la información, son los más manipulables. Por cierto, después de la matraca dada por los “sindicatos de inquilinos” y otras organizaciones anarco-islamo-comunistas de que la señora no tenía dónde ir, resulta que ha rechazado cualquier solución propuesta de la Comunidad y Ayuntamiento y ha preferido irse con su familia, esa que nos decían que no tenía.

Y este caso es sólo una muestra. Cuando, tras las próximas elecciones, este gobierno pierda el poder, las masas aborregadas dirigidas por los de siempre encontrarán cada día una Maricarmen para quemar las calles, lo que han hecho siempre. Así es que nos vemos en las trincheras.

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