La cuenta atrás para las elecciones generales del 29 de noviembre ha entrado en su fase decisiva y, con ella, el inevitable deporte nacional de imaginar cómo será el próximo Consejo de Ministros. Tras años de sobreexposición mediática, el cuerpo político español no pide un cambio de rumbo, exige a gritos un cambio de perfiles. La propuesta es sencilla: frente a la ruidosa coreografía actual, la salvación institucional de España pasa por el advenimiento de «los hombres de gris».
Para entender el concepto, conviene repasar la taxonomía cromática de nuestra historia europea económica reciente. En los años duros de la crisis europea, aprendimos a temer a los «hombres de negro», aquellos enviados de la troika que aterrizaban en Grecia, Irlanda, Portugal, Chipre o España, en menor medida, con maletines repletos de tijeras. Su propósito fue reducir prestaciones sociales y congelar sueldos públicos para salvar las cuentas. Eran los aguafiestas de la eurozona. En el extremo opuesto, el actual ejecutivo español ha inaugurado la era de los «hombres de rojo». Una suerte de reverso derrochador que, lejos de recortar, parece operar bajo la premisa de que el dinero público no es de nadie, como dijo Carmen Calvo, y que el mañana no existe. El resultado de esta temeraria gestión es una deuda pública cronificada que hipoteca el bienestar de las próximas generaciones, envolviendo la insolvencia fiscal en una retórica de progreso idílico. Eso sí, derrochan, pero no en todo, como se ha visto en ADIF. Ahí han despilfarrado enchufando a sus «sobrinas» y amiguetes, pero no en seguridad.
Frente al rigor implacable del negro y la ligereza expansiva del rojo, el gris emerge como el color de la cordura. Los hombres de gris no deben aspirar a predicar en los telediarios, insultar en X a los usuarios del tren o bailar en TikTok. Su principal virtud debe ser dedicarse en silencio a su trabajo, asumiendo que su cometido no es hablar más de la cuenta ni entretener a las masas, sino trabajar. El próximo Gobierno, si quiere sobrevivir a la herencia recibida, necesitará diseñar una estructura dual. Existen, por descontado, carteras «de Estado» que exigen un indudable peso político y reconocimiento público. Hablamos de ministerios como Interior, Exteriores, Justicia o el timón macroeconómico de Economía y Hacienda. En estas plazas fuertes se requiere liderazgo político para marcar las líneas maestras de la legislatura.
Sin embargo, el resto del organigrama gubernamental, incluyendo otros ministerios, secretarías de Estado, direcciones generales y demás estructura, deberá ser un páramo de sobriedad. El país no necesita ministros estrella de Transportes, Sanidad o Justicia que actúen como tertulianos a tiempo completo. El verdadero servicio público consiste en vaciar los ministerios de perfiles con adicción a los focos y tentaciones mediáticas al estilo de Óscar Puente, Félix Bolaños o Mónica García. La política española se ha convertido en un espectáculo de variedades donde la sobreactuación en la sala de prensa puntúa más que la eficiencia en el boletín oficial. Un ministro cuyo nombre sea desconocido para el gran público es, por definición, un síntoma de excelente salud democrática. Ahora querremos conocer bien quiénes son y qué experiencia y valía han demostrado antes de llegar al Gobierno, pero ojalá dentro de 4 años se nos olvidaran sus nombres.
La confección de este gabinete de tecnócratas discretos requiere un perfil muy específico en la Moncloa. Es aquí donde la figura de Alberto Núñez Feijóo adquiere relevancia, avalada por su acreditado historial de buen gestor. Su trayectoria en la Junta de Galicia, como antes en el Insalud y Correos, demostró una notable capacidad para rodearse de técnicos solventes y profesionales que priorizan la gestión sobre la ideología. Y existe un espejo cercano donde mirarse: el modelo del Gobierno autonómico de Madrid de Ayuso y Almeida. Ellos han sabido conjugar una dirección política clara con escalones ejecutivos plagados de profesionales de perfil técnico que hacen funcionar la maquinaria administrativa sin necesidad de generar ruido innecesario.
Debemos exigirle al futuro Ejecutivo que entienda que la discreción es el nuevo lujo político. Necesitamos gestores que sepan de presupuestos, de optimización de recursos y de plazos de ejecución, no de argumentarios de partido ni de zascas dominicales en redes sociales. El 29 de noviembre no solo votaremos nuevas Cortes Generales, sino que elegiremos entre la continuidad del ruido y el exceso o la llegada de la gestión segura y tranquila. Que pasen los hombres de gris, tomen asiento en sus despachos y, por favor, que los de rojo cierren la puerta al salir.

