EspañaPerro-Sanx Style

Perro-Sanx Style

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Hay que tener un estómago de titanio o una ausencia total de dignidad reflectante para subirse a un estrado a mover la pelvis mientras el país entero se descompone en un estercolero de ineptitud y chanchullos cruzados. Pedro Sánchez no hace política; ejerce de influencer de saldo para una parroquia de abducidos con síndrome de Estocolmo emocional.

Hemos pasado del estadista que domina la tribuna al tío de la discoteca que te da vergüenza ajena, pero al que la seguridad del local deja quedarse porque los dueños son sus amiguísimos. Es el triunfo definitivo de la estética de gimnasio de barrio sobre el intelecto. ¿Para qué argumentar, debatir o rendir cuentas ante un Parlamento cuando puedes encadenar tres giros de hombro coreografiados por un estratega de marketing digital que cobra en B y vive en una burbuja de cristal blindado?

Lo verdaderamente grotesco no es ya que el tipo se ponga a bailar —que también, dado su ritmo de abuelo en trance festivo—. Lo repugnante es el cinismo milimétrico que hay detrás. Cada pasito de baile es un cálculo frío de laboratorio para anestesiar a una masa aborregada que aplaudiría con las orejas si el líder se pusiera a hacer malabares con las pensiones o a saltar en cama elástica en medio de una crisis institucional. Es la dictadura del meme: gobernar a base de golpecitos en el pecho, miraditas de galán de telenovela turca y sonrisitas de perdonavidas que huelen a soberbia desde trescientos kilómetros a la redonda.

Estamos ante un presidente que ha convertido el Consejo de Ministros en un aquelarre de mediocres donde el único mérito exigible es la lealtad ciega al amado líder y saber aplaudirle las gracias con cara de pasmarote. Da igual que las costuras del Estado crujan, que las instituciones parezcan una sucursal bananera o que la corrupción salpique hasta el felpudo de la Moncloa; aquí lo importante es que el tuit del día tenga suficientes retuits y que el TikTok salga con buena iluminación.

El Perro-Sanx style es la apoteosis de la política como puro entretenimiento circense: un espectáculo de variedades donde el payaso principal se cree que ha reinventado la socialdemocracia mientras hace el ganso al ritmo de un reguetón machacón que avergonzaría hasta al mismísimo Maluma. Y lo peor de todo no es que él lo haga; lo trágico, lo verdaderamente desolador, es ver a legiones de borregos con carné de partido riéndole la gracia desde la grada, felices y contentos mientras les roban la cartera y les mean en la cara con banda sonora de verbena subvencionada.

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