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Te enganchan, te venden la cura y encima te dan la enhorabuena

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Google acaba de presentar una función que se llama Pause Point. Consiste en lo siguiente: cuando vas a abrir una de esas aplicaciones que te chupan la vida, el teléfono te pone una pausa de diez segundos para que «reconsideres» si de verdad quieres entrar. Diez. Segundos. Qué detalle. Qué delicadeza. Qué emoción ver a la industria de la atención instalando un badén en su propia autopista, como el bar que te pone un vaso de agua entre copa y copa para que no se diga. Y gratis, además. Uno se conmueve.

Antes de aplaudir, conviene recordar quién asfaltó la autopista. El scroll infinito no lo trajo la cigüeña: se diseñó para que el contenido no se acabe nunca, porque el final de una página era el momento en que la gente se iba. Tirar hacia abajo para actualizar es literalmente el gesto de una máquina tragaperras, y está copiado de ahí. El autoplay existe para que el siguiente vídeo empiece antes de que decidas si lo quieres. Las rachas —esas que te hacen entrar en una app a las once y media de la noche para no perder un numerito— son un cepo emocional con animación. Y el puntito rojo de las notificaciones no es rojo por casualidad: lo eligieron porque funciona, y saben que funciona porque lo midieron. Nadie tropezó con todo eso. Hubo reuniones. Hubo pruebas A/B. Hubo nóminas.

Así que la frase honesta sería: «Perdón, esto lo hicimos nosotros y lo vamos a desmontar». Y la frase que han elegido es: «Te ofrecemos una herramienta para que gestiones tu tiempo». Nota la diferencia, que es toda la diferencia del mundo. Porque la función es opcional y hay que activarla. O sea: la trampa viene puesta de fábrica y el antídoto viene apagado. Te ponen el cepo y te entregan la llave, y si te quedas atrapado ya es cosa tuya, que la llave la tenías ahí. Con ese pequeño movimiento de muñeca han conseguido lo más difícil: convertir un problema de ingeniería en un defecto de tu carácter. Tú no estás enganchado a un producto diseñado por psicólogos conductuales con presupuesto. Tú es que tienes poca fuerza de voluntad, hija.

Y ahora la pregunta que nadie ha hecho: ¿por qué diez segundos? ¿Por qué no sesenta? ¿Por qué no un bloqueo de verdad? Porque diez segundos son la cantidad exacta de fricción que te hace sentir mejor persona sin dejar de ser cliente. Es justo lo que se tarda en suspirar, decir «qué barbaridad cómo estamos» y entrar igualmente. La dosis de penitencia la ha calculado el mismo laboratorio que calculó la dosis de placer, y con el mismo cuidado. Si de verdad quisieran que salieras, no te pondrían un semáforo: quitarían la carretera. Mientras tanto, la media española de uso del móvil ronda entre las cuatro y las cuatro horas y media diarias, y entre los dieciocho y los veinticuatro años se va casi a las siete. Contra eso, diez segundos. Es como recetar una tirita para una hemorragia y cobrarte la consulta.

Tampoco es que el invento sea original, ojo. Esto es el modelo de negocio más rentable del siglo y funciona igual en todas partes. Hay aplicaciones que te cobran una cuota mensual por quitarte los anuncios que ellas mismas te han metido: pagas, literalmente, para que dejen de molestarte. Hay impresoras que se declaran sin tinta cuando todavía les queda. Y hay aerolíneas que llevan quince años encogiendo el asiento para venderte después, por veintinueve euros, la extraordinaria novedad de poder estirar las piernas. Primero fabrican el problema, después te alquilan la solución y al final te cobran por las dos cosas. Y aquí llega la parte que a mí me fascina: encima salen en los periódicos como benefactores de la humanidad. Nota de prensa, titular amable, palmadita. Han provocado el incendio, venden la manguera y les damos las gracias por la manguera.

Porque fíjate en lo que no aparece en ningún sitio. Nadie ha ofrecido quitar el scroll infinito. Nadie ha propuesto un teléfono sin autoplay ni notificaciones rojas. Nadie ha dicho «vamos a diseñar esto para que uses la app diez minutos y te marches contento». La cura siempre es un añadido, nunca una retirada, y eso no es casualidad: retirar cuesta dinero de verdad, y añadir solo cuesta una pantalla nueva con una animación bonita. No te devuelven la casa. Te alquilan una persiana. Y tú, encantada, porque la persiana es muy moderna y viene con estadísticas semanales de tu propio consumo, un informe detalladísimo de tu debilidad que, casualmente, no incluye una sola línea sobre quién la diseñó.

Raquel Puerta Nevot
Raquel Puerta Nevot
Raquel Puerta Nevot es técnica de Organización, escritora y formadora. Cuenta con casi tres décadas de experiencia profesional en Elecnor, vinculada a la gestión, coordinación y desarrollo de proyectos en el sector de las telecomunicaciones. Es autora de tres libros y, desde 2023, ha publicado más de 150 artículos en Minuto Crucial sobre actualidad, sociedad, cultura y política internacional. Fundadora de Bioneurosalud e impulsora de Awareness Max, combina su experiencia empresarial y tecnológica con la docencia, la divulgación y el desarrollo de proyectos centrados en las capacidades humanas. Su escritura se caracteriza por una mirada crítica, multidisciplinar e independiente.

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