Hace demasiado tiempo que la borágine de la política unida a la insaciedad de la sociedad de consumo y la insatisfacción eterna del ser humano, que no siempre aspira a estar mejor de lo que estaba hasta el momento, sino a estar mejor que nadie en ningún momento, irrumpió, a modo de sombra que lo disipa todo, a través de las pantallas y de la calle. Así, el ensordecedor eco de las maldades de quiénes presumen de dirigirnos, de uno u otro espacio político, descubrieron una salida a la prisión permamente irrevisable de su libertad vigilada como elementos de poder que hay también, que controlar.
Esto es algo que los políticos de antaño, de aquellos de la generación de Aznar y anteriores, de la era de Felipe González, aprendieron a base de tremendos golpes de humildad en la vía de una Justicia que, si en algo se ha caracterizado en España, ha sido por no tratar de forma distinta en sus sentencias a los políticos dependiendo de la ideología de la que hubiesen vivido como representantes electos en sus cargos. Varapalos recibieron tanto PP como PSOE en sus gobiernos, con condenas más que conocidas y con titulares, por cierto, en esos momentos, que no distinguían en la presunta tendencia ideológica del medio en cuestión. Tanto es así, que difícilmente podían ser ni eran cuestionadas estas sentencias, sino más bien todo lo contrario. La profundidad de la profesión periodística aplicada a los casos judiciales se afanaban en enenderlas y hacerlas entender a un público, una ciudadanía, que asistía atónita a la posibilidad de que su dinero, de que las decisiones que se tomaran o de que las porpias instituciones públicas hubiesen estado al servicio de personas concretas que abusaron del poder que se les había otorgado para hacer su agosto.
Con la llegada de Zapatero apareció una nueva norma no escrita ni dicha, pero sí presuntamente sentida. El líder «carismático, bonachón, de palabras duces, que rebozaba amor y concordia entre las naciones y las culturas» había comenzado a utilizar ese poder para encubrir, para oscurecer, para presentar la cara de la concordia pero escarvar en el pasado para sacar, con las víctimas de su bando, una lectura de la historia que victimizara, que reconstruyera la historia y que, incluso, la resucitara. Nada más lejos que entender la justicia que representa devolver la dignidad a las verdaderas víctimas de cualquier atropello, sin que con ello tenga que depender la ideología que en su momento cursaran. Las víctimas son víctimas. Y esa es una lección que nos enseñó la lucha contra la banda terrorista ETA, responsable de crímenes de militares, civiles, de derechas y de izquierdas, del norte, del sur… víctimas fueron y víctimas son de la barbarie.
Pero Zapatero sabía muy bien lo que hacía, siempre lo supo y siempre lo sabe. Y no, lo más grave que pudo hacer estoy convencido que no fue lo que conocemos o está por conocer de su vida después de dejar la presidencia del Gobierno. Posiblemente tenga más que ver con cómo consiguió llegar al Gobierno y qué precio hubo que pagar por ello; qué precio tuvimos que pagar todo. Pero eso, ya lo dirá la Historia. Sus buenas relaciones con algunos países, en ocasiones más que íntimas, pueden darnos muchas pistas.
Y esas pistas las podemos trasladar a Sánchez, su heredero que aún no ha pagado el impuesto de sucesiones, por cierto. Sánchez elige claramente a sus aliados conforme su relación con el polo estadounidense o israelí. Sin embargo, Marruecos, fiel a ambos países o, quizás en estos tiempos deberíamos hablar ya de regímenes, es un cercano aliado, estratégico aliado de la Administración Sánchez. A pesar de que invada ciudades de nuestro país, a pesar de que nos amenace con sus drones, de que sus políticos no dejen de proferir amenazas sobre nuestro territorio, a pesar de que el Estado se gasta cientos de millones de euros en pagar ayudas sociales a gran parte de su población en nuestro país, a pesar de los cientos de millones que se lleva la educación, acogida y alimentación de sus menores no acompañados en España a costa de las arcas públicas, y a la espera de que los menores se conviertan en mayores y puedan traer a sus familias legalmente a nuestro país. ¿Estamos tontos?
Pues sí, estoy convencido de que los tontos somos nosotros y que no dejan de ganarnos por listos. Porque sólo los tontos permiten que siga en el Gobierno un señor que es un mentiroso comnpulsivo que no ha cumplido prácticamente ninguna de sus promesas y sí casi todas sus amenazas; un señor que nos habla de paz pero que siembra el odio y la guerra entre los habitantes del Estado que dirige; un señor que justifica constantemente los demanes de su familia, de sus amigos, de su Gobierno; un señor que por mucho menos de lo que vamos sabiendo, hizo caer a un Gobierno dándose golpes de pecho de dignidad política.
Y no, las cosas no están mejor que en 2018. Las familias viven peor, con menor capacidad adquisitiva, con unos precios mucho más altos y con unos sueldos que se sostienen, a puras dudas, en lo mínimo para que no tengan que venderse por tres cuartos para dar de comer a sus hijos. No, somos el país con el mayor índice de pobreza infantil de Europa; somos el país que no deja de ayudar a otros países sin obtener el beneficio (al menos los ciudadanos, ya me entienden, que dice el refrán que quien parte y reparte… se lleva la mejor parte); somos el país en el que en mayor medida ha crecido la delincuencia, en el que en mayor medida la gente siente más desprotección, más miedo tanto a salir como a no poder volver a entrar porque hayan ocupado tu vivienda, con el nulo apoyo de la Administración a que puedas volver a recuperar lo que es tuyo; somos el país que tanto dedica a medidas contra la discriminación y la igualdad y en el que cada vez comienzan a repuntar con más fuerza las agresiones y los asesinatos, también los producidos sobre mujeres. La delincuencia campa a sus anchas y los titulares de la prensa señalan nuestras costas como la entrada de tal cantidad de droga que no dan a basto mientras nuetsro ministro del Interior desmantela la unidad especializada en estos territorios (ahí ha ido una de blanco y en botella). En definitiva, somos unos tontos y unos pardillos.
Y ahora que nos vengan con la señora que la echan a la calle y resulta que lleva viviendo sin tener derecho a ello y sabiéndolo más de 20 años en esa vivienda. Y nos montan una campaña y pretenden que todo se trate de eso y que, encima, se señale a quiénes no tienen responsabilidad en ello y que han ofrecido las soluciones que tenían a mano.
Por si aún no se han dado cuenta, cada vez que algo así se produce es dirigido y con una única intención, crear ruido, todo el necesario para que no se escuche lo que realmente está sucediendo, para que no sepamos que campan a sus anchas y cada día más, con mayor control, con mayor nivel de crueldad real sobre los casos reales, los que se viven de verdad. Para que no seamos capaces de analizar que bajo los golpes de pecho no hay sino tumbas blanqueadas llenas de pudredumbre y todas nuestras ilusiones, esperanzas y futuro encerrados en la jaula de su desfachatez.

Periodista, Máster en Cultura de Paz, Conflictos, Educación y Derechos Humanos por la Universidad de Granada, CAP por Universidad de Sevilla, Cursos de doctorado en Comunicación por la Universidad de Sevilla y Doctorando en Comunicación en la Universidad de Córdoba.
