Este fin de semana ha habido manifestaciones por la vivienda en más de cincuenta ciudades de España, y se han vuelto a oír muchas cosas contra los fondos buitre. Es comprensible: tienen nombre en inglés, no viven aquí, nadie les ha visto la cara y son lo más parecido a un villano que ha producido esta crisis. El problema es un número pequeñito y muy incómodo: el 92 % de las viviendas alquiladas en España pertenece a particulares y pequeños propietarios. Los grandes tenedores tienen el 8 %. Y con un 8 % no se mueve el precio de un país. Así que llevamos años gritándole con todas nuestras fuerzas a la doceava parte del problema.
La causa de verdad es aritmética y aburridísima, que es justo lo que no cabe en una pancarta. El Banco de España lo ha puesto por escrito hace unos días: en 2025 se formaron en este país unos 240.000 hogares nuevos y se terminaron unas 92.000 viviendas. Menos de la mitad. El déficit acumulado desde 2021 va por 755.000 casas, y el propio Banco de España calcula que harán falta un millón en 2028 si seguimos así. No hace falta ninguna conspiración para que suba el precio de algo: basta con que haya dos personas por cada llave. Esto no lo ha provocado nadie en una reunión secreta. Lo ha provocado una resta. Y para que te hagas una idea del cambio de escala: en los años del ladrillo este país llegó a terminar más de medio millón de viviendas al año. Hoy terminamos noventa y dos mil. Pasamos de construir como si no hubiera mañana a no construir en absoluto, y las dos cosas nos han salido carísimas.
Ojo, que no estoy diciendo que los fondos sean angelitos. Donde están, se notan muchísimo: en Madrid rondan el 17 % del parque residencial y en Barcelona el 15 %, y en según qué barrios, bastante más. Si vives en uno de esos edificios comprados en bloque, tu enfado tiene nombre, apellidos y número de registro mercantil, y haces bien. Pero si mañana expropiáramos a los diez mayores tenedores de España, en Teruel, en Zamora o en Cuenca no se enteraría absolutamente nadie, porque allí los fondos tienen un 2 %. Un villano que explica el 8 % de la película es un villano muy cómodo, porque mientras le gritamos a él no hay que hablar del otro 92 %.
Y para muestra, el dato que debería dar muchísima más rabia que cualquier fondo. En lo que va de año, 129 licitaciones de vivienda pública han quedado desiertas en España y 128 millones de euros se han quedado sin adjudicar. Léelo otra vez: había dinero, había concurso, había necesidad urgente… y no se presentó nadie a construirlo. Eso no es codicia internacional. Eso es un sector que perdió a sus trabajadores en 2008 y nunca los recuperó, unos precios de licitación que no salen y unas licencias que en este país se miden en años en lugar de en meses. Porque levantar una vivienda protegida cuesta casi lo mismo que levantar una libre —el cemento no sabe a quién va destinado—, pero luego hay que alquilarla a precio tasado. Haz tú las cuentas y dime si te presentarías al concurso.
Pero vamos a la parte que no se dice nunca en voz alta, que es la verdadera respuesta a quién tiene la culpa. En España, alrededor de tres de cada cuatro hogares son propietarios. La vivienda no es solo donde dormimos: es el plan de pensiones nacional, la herencia, el colchón, lo que vamos a dejarles a los hijos. Lo cual significa, mal que nos pese, que una mayoría de este país tiene un interés económico directo en que los precios no bajen. Que baje el alquiler, sí, pero que mi piso valga lo que vale. Todos conocemos a alguien encantador, buena persona, votante de lo que sea, que se indigna con los desahucios por la mañana y comprueba por la tarde cuánto ha subido su piso en el portal inmobiliario. Y que, dentro de dos años, cuando su hija no pueda alquilar nada en el barrio donde creció, dirá con toda sinceridad que esto está imposible. Así que no hay un culpable: hay un acuerdo tácito, que nadie firmó y que a casi todos nos conviene un poquito.
¿Significa eso que salir a la calle no sirve para nada? No. Sirve, y mucho, para una cosa muy concreta: para que algo deje de poder ignorarse. El caso de la señora de ochenta y siete años desahuciada tras setenta en la misma casa movió en diez días lo que no se había movido en diez años, y eso lo hizo la gente en la calle, no un informe. Lo que una manifestación no puede hacer, por mucha emoción que acumule, es poner un ladrillo encima de otro. Y ahí está el peligro de apuntar al villano equivocado: si la presión señala al 8 %, las medidas que salgan apuntarán también al 8 %, porque cualquier gobierno legisla hacia donde mira la plaza. Saldrán normas sobre grandes tenedores, titulares magníficos y aplausos merecidos, y dentro de tres años seguiremos con 240.000 hogares nuevos y 92.000 casas terminadas. Habremos ganado el debate y perdido la década.
Entonces, ¿qué sí lo bajaría? Cuatro cosas nada emocionantes. Licencias en meses y no en años, que es la reforma más barata que existe: no cuesta un euro y nadie la presume porque no se inaugura. Suelo público cedido y no vendido, con vivienda de alquiler que por ley no se pueda vender nunca; España construyó muchísima protegida y la fue descalificando y vendiendo, y por eso hoy no tenemos parque público y otros países sí. Fiscalidad que premie de verdad al que alquila barato y a largo plazo, como están probando ahora mismo en Portugal. Y manos: sin albañiles no hay plan de vivienda, por precioso que sea el gráfico de la rueda de prensa. Nada de esto llena una plaza. Todo esto baja el precio. Y por si suena a fantasía de columnista, hay una ciudad europea que lleva un siglo haciendo exactamente esto y donde el alquiler cuesta la mitad: de Viena hablaremos otro día, porque merece su propio artículo.
Mira, yo entiendo perfectamente la rabia de quien sale a la calle, y la entiendo más todavía sabiendo que en muchos casos es la rabia de quien ya no va a poder tener hijos en el sitio donde nació. Ojalá no se apague, porque hace mucha falta. Pero gritarle al 8% es muy satisfactorio y muy poco eficaz, y sospecho que en el fondo lo sabemos. El problema de los enemigos cómodos es que, cuando por fin los derrotas, descubres que el precio sigue exactamente donde estaba. Y al día siguiente hay que ponerse a hablar de licencias, de suelo y de albañiles, que no emociona a nadie, no sale en ninguna foto y es lo único que lo arregla.
Raquel Puerta Nevot es técnica de Organización, escritora y formadora. Cuenta con casi tres décadas de experiencia profesional en Elecnor, vinculada a la gestión, coordinación y desarrollo de proyectos en el sector de las telecomunicaciones. Es autora de tres libros y, desde 2023, ha publicado más de 150 artículos en Minuto Crucial sobre actualidad, sociedad, cultura y política internacional. Fundadora de Bioneurosalud e impulsora de Awareness Max, combina su experiencia empresarial y tecnológica con la docencia, la divulgación y el desarrollo de proyectos centrados en las capacidades humanas. Su escritura se caracteriza por una mirada crítica, multidisciplinar e independiente.
