Recién convocadas las elecciones generales en España, volvemos a “disfrutar” de las luchas internas de los partidos minoritarios de extrema izquierda, a fin de copar el primer puesto en cualquier lista electoral “con posibles”.
En cada partido de extrema izquierda hay múltiples “facciones” y cada una de ellas se parte la cara con las demás. ¿Es un amor desmedido a la justicia social, a solucionar los problemas de vivienda, seguridad, sueldos dignos? En absoluto. Es amor a asegurarse el cargo. Con su sueldazo, sus dietas libres de impuestos, sus viajes pagados, sus privilegios anejos al cargo. Esto no es nuevo en absoluto. La izquierda es así desde el inicio de los tiempos.
Recordemos la lucha entre los mencheviques de Mártov y los bolcheviques de Lenin, las principales facciones del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia en 1903. De los dos, seguramente solo has oído hablar de Lenin. Sí, el Partido Comunista ruso fue una escisión de un partido socialdemócrata. Pero volvamos a la izquierda patria.
También en España el Partido Comunista fue una escisión del PSOE. Hoy es uno más del inacabable abanico de partidos de extrema izquierda, la mayoría de los cuales no ganaría una votación ni en su comunidad de vecinos. Pero ahí están. Inasequibles al desaliento porque ven en su horizonte la vida resuelta del cargo público. Y dentro de cada “minipartido”, varias facciones que se soportan hasta la época electoral. Entonces es cuando aparecen el quítate tú para ponerme yo, los contubernios, las puñaladas por la espalda, los piolets. Así es el “faccismo” de izquierda. Asimismo, esas izquierdas comparten el totalitarismo, la violencia, la demagogia, la sumisión de la propiedad privada al Estado, la colonización de las instituciones, el afán de expansionismo y la imposición del partido único con el fascismo. Son “faccistas”.
Y cuando se acercan los periodos electorales, se multiplican las coaliciones de esos minipartidos “faccistas” de extrema izquierda. Las guerras internas adquieren cotas exorbitadas. Y en España estamos casi constantemente en periodo electoral. Y las elecciones se riegan con millones de euros en subvenciones públicas que salen de nuestros bolsillos. ¿Eso es un síntoma de democracia? ¿Por qué en 2026 hay que seguir subvencionando a los partidos políticos, que llevan legalizados desde 1977? ¿Por qué hay que subvencionar a partidos, minipartidos, coaliciones y minicoaliciones que jamás van a conseguir un escaño?
Esas subvenciones favorecen la proliferación de coaliciones de extrema izquierda. No son un reflejo democrático. No son el espejo de la sociedad. Son un popurrí de pandillas de amiguetes. Partidos “faccistas” violentos, totalitarios y dictatoriales dentro y fuera de sí mismos. Su única ideología es montar pollos mientras intentan “pillar cacho”. Eso sí, con promesas y declaraciones muy rimbombantes que olvidan en cuanto (si tienen suerte) toman posesión de un cargo.
Los “faccistas” de extrema izquierda son un fraude a la democracia y un timo a los impuestos que tanto gravan nuestros bolsillos. Claro que tampoco ayuda que el PSOE haya abandonado la socialdemocracia y se haya convertido en otro partido totalitario. Ni que esté liderado por un autócrata sin escrúpulos que no tolera la mínima discrepancia dentro de su partido y, por supuesto, sin respeto alguno a la Constitución ni a los valores y reglas democráticos.
