Actualidad¿Por qué lo llaman paz?

¿Por qué lo llaman paz?

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La paz, ese argumento paradigmático que tantos cuanto más lo usan menos suelen ser ejemplo de ello. La paz es un estado de cosas, una situación acorde con conceptos de sociedad feliz, realización personal individual y validez en la convivencia social. Irán lleva décadas que no conoce la paz interna como país. Ningún país que viola sistemáticamente todos los derechos humanos puede considerarse tierra de paz. Ningún país en el que se torture a mujeres, homosexuales, o disidentes, donde no exista la libertad de expresión, en el que la opinión pública es un delirio de la imposición de sus gobernantes puede ser un país que experimente la paz.

En contra posición a esto, en ocasiones la guerra se constituye no como una antítesis a la paz, sino como un instrumento para alcanzarla. Más allá de esto, es necesario observar y preservar el derecho internacional y el principio fundamental de no injerencia en los asuntos internos de los países. El problema que la nueva sociedad internacional plantea es qué hacer cuando los asuntos internos de estos países repercuten en sociedades y países de todo el mundo, o cómo plantear una justificación que materialice el hecho de qué, quién y cómo tiene el derecho a inmiscuirse bajo cualquier justificación de índole mayor en los asuntos internos de otros países.

Irán es una amenaza para el mundo occidental, pero quizás, en estos momentos, no mucho menos de lo que lo es Rusia que, efectivamente, invadió un país vecino excusándose, precisamente, en cuestiones internas de este país y en una presunta amenaza para su seguridad. La comunidad internacional apenas hizo nada más que apoyar al Gobierno ucraniano y ofrecerle ayuda económica y militar con el cuidado de no despertar la ira de Putin y sus cercanos patriarcas o, como no, la de su aliada China.

No creo que sea ninguna casualidad que Rusia y China, precisamente, no estén tendiendo ninguna ayuda de altura a Irán, como tampoco lo han hecho con Venezuela, o con la ya amenazada por Trump Cuba. Todo está pactado desde hace años. Desde el debilitamiento de la vieja Europa, hasta el reparto de aquellas tierras que realmente pronostican el futuro tecnológico del mundo por la calidad de sus “minerales raros”.

En las tinieblas de los vergonzosos pactos llevados a cabo entre las grandes potencias se encuentra, como no, acabar con la amenaza de un país como Irán que, si bien de forma estratégica era ciertamente útil para los de Europa del Este y Asia, realmente su poder para enriquecer a estos países en el nuevo contexto es puramente anecdótico. Rusia tiene más que de sobra reservas y pozos petroleros en su campo de influencia para no tener que depender del crudo de Irán. Y este, no obstante, y por mucho que Trump cambie la configuración del país, siempre tendrán tiempo de recuperarlo o de compartirlo con los norteamericanos. Todo está pactado.

Hasta la crisis derivada de la guerra podría afectar mucho más a la economía europea que al resto. Una Europa cada vez más débil y dependiente, herida económicamente por la fagocitación de su economía por países como China o ahora India, hasta el desgaste de su pésima capacidad militar, absolutamente dependiente durante décadas de la fortaleza de un Estados Unidos que ahora parece darle la espalda o exigirle requisitos que, muy probablemente, la debilitarán más económicamente, para seguir manteniendo una OTAN para que no se llegue a sentir desnuda y desprotegida ante el mundo. Una Europa burocratizada y acomplejada, arrastrada a la absorción de una migración que ya no puede mantener ni económica ni socialmente, porque la paz es también un asunto cultural, y la multiculturalidad es un mito que no casa con una convivencia que respete las tradiciones de los lugares de recepción de otras culturas y otras maneras de entender el mundo y al ser humano.

La integración, una quimera cuando se espera que se produzca como producto de una evolución social que aúne costumbres que difícilmente podrían convivir. Una Europa que muere en sus avances sociales porque, precisamente, termina por acoger a parte de una inmigración que desprecia a las mujeres, que detesta a los diferentes, o que se sumerge y justifica en un dios o muchos dioses para reinterpretar a la humanidad desde perspectivas realmente deshumanizantes. Europa ha fallado en muchas cosas con la emigración pero, las fundamentales han sido el control de entrada y un proyecto real y ejecutable de integración.

Lo cierto es que se dibuja, en este aspecto, y teniendo como referencia a Francia u otras zonas de Europa colapsadas, un futuro que no se dibuja, en absoluto, bajo los signos de ese paradigma de paz. Eso sí, nunca, jamás, los responsables, como algunos políticos pretenden, son o deberían ser los propios emigrantes, sino aquellos que nos han gobernado y que los han convertido, a la vez que en objetivo de aquellos, en víctimas mismas de todo este proceso, duro proceso de viajar, llegar a un país que no es el tuyo, en muchos casos con una lengua distinta, y enfrentarte a la realidad que quisieras y a la que la verdad te ofrece.

Que no nos engañen, en Irán no había paz. Que no nos engañen, las razones que han llevado a su invasión bélica no han sido las que cuentan. Que no nos engañen, la ONU, definitivamente, en unos días, ha demostrado, de todas todas, su absoluta ineficacia. Que no nos engañen. Los responsables de lo que ocurre no son los ciudadanos, ni los de aquí ni los que venga, son de quiénes han permitido, y en muchos caso fomentado y consentido, que las cosas sucedan y lleguen hasta el estado actual.

Que no nos engañen, la paz no siempre se construye a través de la paz si uno solo de los participantes no quiere.

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José María García
José María García
Periodista, Máster en Cultura de Paz, Conflictos, Educación y Derechos Humanos por la Universidad de Granada, CAP por Universidad de Sevilla, Cursos de doctorado en Comunicación por la Universidad de Sevilla y Doctorando en Comunicación en la Universidad de Córdoba.

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