CulturaTarde de lluvia, parte I

Tarde de lluvia, parte I

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Era una tarde desapacible, fría, con lluvia persistente, con tiempo libre y poca opción de salir. Es entonces cuando me acordé de que había películas que aún no había visto por falta de tiempo, y una de ellas había sido aclamada y criticada por partes iguales: La Sustancia.

No me extraña que tenga tan equilibradas opiniones, porque trata de un tema delicado y controvertido como es el asociado a la edad, a la “vejez”, en determinadas industrias, especialmente para la mujer. No voy a seguirle el juego al autor de la película sobre el aspecto feminista, porque no es mi línea de pensamiento principal, pero tampoco lo voy a obviar.

Por si no la habéis visto, y para evitaros haceros un adelanto de esta, os hago esta breve sinopsis: una mujer madura, en el apogeo de su carrera como estrella televisiva, se entera de que la cadena televisiva, dirigida por un tipo repugnante en todos sus aspectos, va a prescindir de ella porque, según su particular punto de vista, se ha hecho “vieja” y ya no atrae al público. A partir de esta noticia, la protagonista sufre una serie de eventualidades que la llevan a descubrir un producto milagroso: LA SUSTANCIA. En esta vorágine de eventos en su vida, le pica la curiosidad y comienza a ver que, para conseguirla, tiene que andar con mucho secretismo y muchas reglas.

Este hecho debería echar para atrás a cualquier persona con dos dedos de frente, pero se siente desesperada, así que cae en la tentación. Todo es turbio, no tiene claridad. Al introducir la sustancia en su organismo, sufre un colapso y, de ello, surge una versión más joven, atractiva y cuasi perfecta de sí misma. Y digo bien: una versión, porque es un alter ego que, poco a poco, trata de sobrevivir a ella misma y trata de eliminarla.

No quiero contaros más de la película para no estropearla; es más, recomiendo verla. Si no sois aprensivos, algunas escenas me dieron un pelín de asquete. El número de conclusiones que yo misma he sacado son cinco. Voy a desgranaroslas, una a una, de la manera más breve posible:

En primer lugar, la crueldad de determinadas industrias hacia el avance de la vida —para ser exactos, la edad— es un número que, para algunos, determina que son pérdidas económicas, bajadas porcentuales en el share de la programación, pérdida de patrocinios y consecuencias económicas perjudiciales.

En segundo lugar, dándose el primer supuesto de la gerontofobia, o el miedo a la vejez, no se permite una adaptación a otros ámbitos donde la experiencia de la persona sea un valor añadido y del que se pueda extraer beneficios sin sacrificar a la persona. Que se vea como un valor. Últimamente se está viendo mucho: yo misma he sufrido edadismo profesional desde dos puntos de vista.

Al principio, cuando eres joven, porque lo eres y no te dan oportunidades; y cuando eres más mayor, te arrebatan tu posición para añadir frescura y juventud, cuando en realidad saben que a la experiencia que has ido adquiriendo durante tu estancia la interpretan como rebeldía o ir de sobrada. Porque lo que quieren es docilidad y ductilidad, que tú ya has perdido junto con tu frescura, además de tener que cumplir con su parte del trato, con el famoso “plan de carrera”. Para ellos eres un activo más, un número en su contabilidad; eres un activo en el balance, y tu prometida subida salarial, un gasto inasumible. Es mejor marcarse un “Shakira” a nivel laboral, cambiándote por dos de veintidós.

En tercer lugar, el ego y el daño a la autoestima que el rechazo ha producido despiertan tu fuero interno, que se mueve con fuerza. Es lógico que el ego se despierte; amánsalo. En la película es muy visual y gráfico, pero la persona es una combinación de mente, corazón y ego; estos deben equilibrarse. No se debe, tampoco, desacreditar ni invalidar los legítimos sentimientos que la situación despierte en la persona que sufra esta circunstancia, costumbre que se está adoptando en ciertos ámbitos de opinión pública y que me parece vomitiva y repugnante.

En cuarto lugar, en la película se puede ver un sesgo sexista, pues la protagonista vive en gran parte de su imagen pública, de su aspecto, y, para el “asquerosito” de su jefe, ya no es atractiva porque es vieja y él quiere chicas jóvenes y guapas. Es un viejo verde y bastante hortera, y las jóvenes se mueren por agradarle porque es quien paga su sueldo y su sueño. Es algo que, en la industria del cine, televisión y moda, muchas mujeres han vivido, viendo su sueño truncado con experiencias desagradables.

En quinto y último lugar, pero no menos importante, están los aspectos más inmateriales que se pueden vivir en estas situaciones: soluciones que aparecen como milagros, pero que son trampas. Que el alter ego trate de devorar a tu ser, lo trate de aniquilar, debes neutralizarlo; considera a tu ego una herramienta más, no que tú seas su herramienta. Y, sobre todo, estrategia para reinventarse: ésta sí debe estar en secreto, como si de conseguir la “sustancia” se tratara. Recuerda: el gato no puede cazar si le suena el cascabel, y con este mantra me despido hasta la próxima tarde de lluvia.

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