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Cuando la tierra tiembla… también lo hace nuestra forma de ver el mundo

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Hay imágenes que consiguen algo extraordinario: durante unos segundos, dejan al ser humano sin argumentos. Un edificio derrumbado. Una madre buscando a su hijo entre los escombros. Un rescatista trabajando durante horas para sacar con vida a alguien que ni siquiera conoce. En esos momentos, desaparecen las ideologías, las fronteras y los discursos. Solo queda una pregunta: ¿cómo podemos ayudar? El terremoto que ha golpeado Venezuela nos ha vuelto a recordar esa verdad incómoda: por mucho que nos empeñemos en dividirnos, la naturaleza no distingue entre gobiernos, partidos o banderas.

Después llega la segunda parte de la historia. Los aviones despegan, los equipos internacionales se movilizan, los gobiernos anuncian ayuda y los titulares empiezan a hablar de solidaridad. Y entonces me asalta una pregunta que rara vez ocupa el centro del debate: ¿puede un gesto profundamente humano convivir con intereses estratégicos? Tendemos a pensar que solo existen dos opciones: o la ayuda es completamente altruista o responde únicamente a cálculos políticos. Quizá el problema sea precisamente ese. Nos hemos acostumbrado a mirar el mundo como si solo pudiera explicarse con una única verdad.

La historia demuestra que las grandes catástrofes siempre han generado enormes movimientos de solidaridad. También demuestra que, en muchas ocasiones, esos mismos momentos han influido en alianzas, relaciones diplomáticas, reconstrucciones económicas o equilibrios internacionales. Reconocer esa complejidad no convierte la ayuda en sospechosa. La convierte en real. Porque la realidad rara vez cabe en un relato simple.

Vivimos en una época en la que nos cuesta sostener dos ideas al mismo tiempo. Si alguien ayuda, sentimos la necesidad de pensar que lo hace sin ningún interés. Si descubrimos que existen intereses, concluimos que toda ayuda era una mentira. Sin embargo, el mundo adulto suele funcionar de otra manera. Una organización humanitaria puede estar movida únicamente por salvar vidas. Un gobierno puede querer aliviar una tragedia y, al mismo tiempo, ser consciente de que esa ayuda tendrá consecuencias diplomáticas o estratégicas. Las dos cosas pueden coexistir sin anularse.

Quizá el verdadero pensamiento crítico no consista en desconfiar de todo. Tampoco en creerlo todo. Consista en aceptar que la realidad es más compleja de lo que nos gustaría. Mientras una familia busca agua potable, un equipo médico intenta salvar vidas. Al mismo tiempo, los gobiernos también evalúan cómo responder, qué recursos movilizar y qué efectos tendrá esa decisión en sus relaciones internacionales. Eso no resta valor a quien rescata a una persona de entre los escombros. Tampoco debería sorprendernos que los Estados, además de actuar, piensen en el contexto en el que actúan.

La inteligencia no está en elegir entre la emoción y el análisis. Está en ser capaces de mantener ambas cosas vivas al mismo tiempo. Porque una vida salvada seguirá siendo una buena noticia, con independencia de quién envíe el avión que transporta el hospital de campaña. Y comprender que las decisiones internacionales rara vez tienen una única motivación no nos hace más cínicos; nos hace mirar el mundo con mayor profundidad.

Quizá por eso la noticia más importante de esta semana no sea solo el terremoto de Venezuela. Quizá la noticia sea que seguimos buscando explicaciones sencillas para una realidad que cada día demuestra ser mucho más compleja. Nos tranquilizan las historias con héroes impecables y villanos perfectos porque son fáciles de entender. Lo difícil es aceptar que, muchas veces, las personas pueden actuar por compasión mientras los Estados también consideran sus intereses. Y entender esa diferencia no nos obliga a desconfiar de la solidaridad; nos obliga a pensar mejor.

Porque cuando la tierra tiembla, lo primero que se rompe son los edificios. Lo segundo, si prestamos atención, son muchas de nuestras certezas. Y quizá crecer como sociedad no consista en encontrar respuestas cada vez más simples, sino en aprender a convivir con preguntas cada vez mejores. Esa, probablemente, sea la única forma de comprender un mundo que casi nunca funciona como nos gustaría, pero tampoco como nos lo cuentan.

Raquel Puerta Nevot
Raquel Puerta Nevot
Autora de Siente y vive libre, Toda la verdad y Vive con propósito, Técnico de organización en Elecnor Servicios y Proyectos, S.A.U. Fundadora y Directora de BioNeuroSalud, Especialista en Bioneuroemoción en el Enric Corbera Institute, Hipnosis clínica Reparadora Método Scharowsky, Psicosomática-Clínica con el Dr. Salomón Sellam

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