EspañaEl Multilateralismo como rendición disfrazada

El Multilateralismo como rendición disfrazada

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El multilateralismo se presenta hoy como el culmen de la sabiduría diplomática: un foro donde todas las naciones, independientemente de su nivel de desarrollo, libertades o valores, tienen supuestamente igual importancia y merecen la misma consideración. En la práctica, supone una peligrosa igualación moral entre la sociedad occidental —imperfecta, pero líder histórica en derechos individuales, democracia liberal, Estado de derecho y progreso material— y regímenes o culturas menos desarrolladas, a menudo más violentas y restrictivas, especialmente hacia mujeres, minorías religiosas, disidentes y colectivos desfavorecidos.

Este enfoque recuerda poderosamente a la “Alianza de Civilizaciones” impulsada por José Luis Rodríguez Zapatero tras los atentados del 11-M. Aquella iniciativa partía de la premisa de que el conflicto no radicaba en el islamismo radical sino en una supuesta incomprensión mutua. En lugar de defender con claridad los valores ilustrados, se optó por la equidistancia y el diálogo interminable e inútil. El multilateralismo actual es su versión institucionalizada y ampliada.

En esa igualación falaz se incluyen dictaduras comunistas o herederas del comunismo, como Rusia o régimen similares, ansiosos por desprenderse de las etiquetas de “Segundo” o “Tercer Mundo” y recuperar protagonismo global sin reformar sus estructuras autoritarias. Se sientan así en pie de igualdad democracias liberales con teocracias, autocracias y Estados fallidos en la ONU, el Consejo de Derechos Humanos o cumbres climáticas. El motor psicológico es el complejo de culpa postcolonial occidental. Avergonzado por su historia, Occidente acepta legitimar sistemas donde la apostasía se castiga con muerte, las mujeres tienen derechos limitados o las minorías sexuales son perseguidas.

El caso de Israel es el símbolo más rotundo de lo malvada que resulta esta multilateralidad y la “multiculturalidad” que la sustenta. País democrático agredido desde su misma fundación en 1948, Israel es sistemáticamente condenado por la comunidad internacional y la ONU mientras se protege o silencia a sus vecinos islámicos, muchos de los cuales niegan su derecho a existir y patrocinan o glorifican el terrorismo. Resoluciones interminables contra el Estado judío contrastan con la tibieza ante barbaridades como el 7 de octubre, los misiles de Hamás o Hezbolá o el autoritarismo iraní. Esta distorsión convierte a la víctima democrática en agresor y a agresores teocráticos en víctimas, desnudando el relativismo moral del sistema. Todo ello alimentado por la turba de organizaciones políticas, sociales, culturales y hasta deportivas que han encontrado en el antisemitismo una nueva bandera. Un antisemitismo que nos recuerda, por supuesto, al origen del nazismo hace 100 años.

En España, este sesgo es especialmente visible. El actual Gobierno se muestra proclive al multilateralismo y ha puesto en boca del Rey, en discursos oficiales, la defensa entusiasta de este enfoque. Tampoco escapa a la paradoja el Papa, que lo promueve activamente, olvidando que hace siglos los Estados Pontificios lucharon fieramente por su supervivencia contra el Islam cuando amenazaba Europa. Esa amenaza, lejos de haber desaparecido, hoy es igual o más fuerte mediante migración masiva, sustitución demográfica, islamismo (no hay islamismo “moderado” ni “radical”) y presiones culturales.

A esto se suma una paradoja flagrante: las emigraciones masivas se producen desde esas otras “civilizaciones” hacia Occidente. Millones huyen a sociedades a las que critican duramente a la vez que buscan sus beneficios: seguridad, prosperidad, libertades y Estado de bienestar. Sin embargo, una parte significativa de esos flujos no aspira a integrarse. Por el contrario, intenta reproducir en Europa o Norteamérica las mismas dinámicas culturales, religiosas o autoritarias que provocaron su huida: guetos paralelos, exigencias de acomodación y rechazo al secularismo o la igualdad de género.

En resumen, esta igualación no solo es falsa, es perjudicial. Debilita la soberanía occidental, que termina financiando y legitimando organismos que erosionan sus conquistas: libertad de expresión, igualdad real y primacía del individuo. Promueve un relativismo cultural tóxico que tacha de “etnocentrismo” hasta hecho de criticar la ablación, el uso de prendas que cubren a las mujeres o el matrimonio infantil. Mientras, los valores que permitieron el mayor avance en derechos de la historia se diluyen en un magma de “diversidad” que oculta jerarquías de opresión reales.

El multilateralismo no fomenta la paz ni el progreso. Fomenta la parálisis moral y el blanqueamiento de estados autoritarios. Frente a él, en Occidente debemos recuperar la confianza en nuestros principios y priorizar alianzas entre naciones que compartan un núcleo civilizatorio común: democracia, Estado de derecho y libertad individual. El diálogo es legítimo pero la rendición moral, no.

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