EspañaUn niño, un chip

Un niño, un chip

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¿A qué padre no le gustaría tener localizado a todas horas a su hijo? Máxime cuando estamos viendo desapariciones de niños todos los días sin dejar ningún rastro. Sería algo así como implantarle al bebé un chip que alerte de sus constantes vitales, rastrear su posición y evitar males mayores, entre otros usos. De hecho, esto que parece ciencia ficción ya se ha puesto en marcha en algunos países como China, por ejemplo, aunque sólo en adultos y obedece posiblemente a otros fines.

Los avances siempre tienen un ‘pero’: hay usos muy útiles para el ser humano, como el que he señalado antes en temas de criminalidad, pero ¿qué pasa si se utiliza para controlar a las personas las veinticuatro horas del día? Lo que en un principio apunta a ser una herramienta para ayudarnos en nuestra cotidianidad podría convertirse en una cárcel virtual que nos convertiría en esclavos.

Asimismo, todas nuestras acciones estarían sometidas a una inteligencia, se supone que superior, que nos iría condicionando e incluso frenando por miedo al posible castigo; evidentemente, no corporal, pero sí de prohibición o carencia. Es decir, tendríamos que ser buenos ciudadanos y muy obedientes para poder formar parte del grupo o colectivo con derecho a comprar agua o comida, por poner un ejemplo.

Probablemente, ganaríamos en seguridad: un mundo ideal donde el malo se lo piensa antes de delinquir; pero, sin duda alguna, perderíamos el libre albedrío y ya no habría diferencia entre un robot y nosotros. Visto así, los humanos viejos que no fueran productivos serían eliminados para no ser un gasto y por el llamado “bien común”. Una sociedad sin libertad es una monstruosidad. Las ilusiones, los sueños individuales estarían prohibidos; la elección de trabajo, de pareja, de número de hijos, continuamente sometida a algoritmos: algo totalmente demencial y, sin embargo, parece que la humanidad se dirige a este mundo distópico.

A todo esto, nos quedaría saber quién o quiénes serían los dueños de los chips y, por tanto, de nuestra vida; nos podrían apagar o encender a placer, incitarnos al suicidio si detectan rebeldía o dejarnos apartados sin capacidad de reacción. Personalmente, pienso que jugar a ser Dios traería consecuencias imprevisibles para nosotros y que, si nacimos libres, fue para disfrutar de la maravillosa capacidad de decidir qué queremos ser; lo demás se lo dejo para las películas de ciencia ficción.

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