EspañaLa cofradía del feminismo selectivo: PSOE edition

La cofradía del feminismo selectivo: PSOE edition

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El día que Pedro Sánchez dijo por primera vez que el PSOE era “el partido más feminista de España”, probablemente hasta las sillas del Congreso se miraron entre ellas como diciendo: “¿Pero este hombre ha venido desayunado o está improvisando?”. Porque solo alguien con la temeridad de un doble de acción sin seguro se atreve a repetir semejante frase mientras su hemeroteca está haciendo señales de socorro desde el fondo del mar.

Porque mientras él recita su mantra progresista con la misma pasión con la que un vendedor de crecepelo jura que en tres días tendrás melena, la hemeroteca va soltando casos de presunto acoso sexual entre sus filas como si fueran cromos repetidos. Y lo mejor es que ellos siguen como si nada, levantando el cartel de “somos feministas” con la misma convicción con la que un ladrón levanta el cartel de “hogar seguro”.

Es verlo subirse al atril con su pose heroica -esa mezcla entre anuncio de colonia y telepredicador del tercer mundo- y, automáticamente, escuchar en algún rincón del universo el sonido de una carcajada cascada y malvada: la risa de la realidad. Esa señora implacable que no olvida, no perdona y lleva tacones para que duela más cuando pisa.

Porque cada vez que él afirma que el PSOE es el templo del feminismo, la realidad le pasa por detrás el inventario: “¿Estás seguro, Pedro? Mira que tengo aquí unos cuantos titulares… No te quiero molestar, eh, solo recuerda que existo”. Pero él, nada, impasible, con el mismo entusiasmo con el que un vendedor de humo te promete salud, riqueza y abs abdominales en 15 días.

Mientras tanto, el partido sigue funcionando como un teatrillo barroco: cortinas doradas, focos bien colocados, discursos perfectos… y, detrás del decorado, una termita mordiendo cada tabla. Y cuando esa termita sale a la luz en forma de noticia, de denuncia, de comportamiento indecoroso o de simple bochorno, el PSOE responde con su ritual sagrado: primero, negar; segundo, dudar; tercero, minimizar; cuarto, silenciar; y quinto, finalmente, decir que ya lo mirarán.

El protocolo feminista interno es digno de estudio: no lo usan porque, si lo usaran, igual descubren que sirve para algo, y eso sería un problema. Es más fácil guardarlo en un cajón, junto a la transparencia y a los principios que solo sacan a pasear por el 8M. Y lo mejor de todo es el morro, las ganas, el valor casi artístico con el que siguen proclamando que son la referencia moral del país. Es tan absurdo que roza la brillantez. Como si un pirómano profesional se presentara voluntario para impartir un curso de prevención de incendios. Con PowerPoint y todo.

El PSOE habla de feminismo como quien habla de una mascota imaginaria: la describen mucho, la enseñan poco y, cuando alguien pregunta si existe, cambian de tema. Dicen “creemos a las mujeres”, pero luego, en la práctica, aplican el sistema operativo Windows Feminismo™, que solo funciona cuando no hace falta. En cuanto hay un nombre interno de por medio, el programa se congela, la pantalla se queda negra y aparece el mensaje de error: “El partido ha dejado de responder.” Y Pedro, siempre Pedro, avanzando por la vida como si la realidad fuera opcional. Repite su discurso feminista con esa fe ciega que solo tienen los gurús, los vendedores de lotería y los que se miran al espejo todas las mañanas repitiendo: “soy fantástico, soy fantástico, soy fantástico”, hasta que el espejo se rinde.

Al final, su defensa del feminismo es como los créditos de las películas malas: aparecen rápido, duran poco y nadie se los cree. Pero ahí siguen, con orgullo, como si llevaran el monopolio de la igualdad grabado en la solapa del traje. Mientras tanto, la hemeroteca observa, afila la navaja y espera pacientemente el próximo discurso oficial para soltar otro bofetón de realidad. Porque, si hay algo seguro en este mundo, es que cuando el PSOE presuma de feminista, la realidad prepara el popcorn.

Y mientras el show continúa, los discursos se multiplican como clones de cartón: todos iguales, todos cuidadosamente ensayados, todos destinados a engañar a cualquiera que aún no se haya dado cuenta de que, detrás de cada aplauso, hay un ecosistema de hipocresía perfectamente organizado. Cada acto público, cada fotografía con la banda morada, es un ejercicio de prestidigitación: ver, pero no tocar, decir, pero no hacer, aparecer sin rendir cuentas.

En definitiva, el PSOE ha convertido el feminismo en un espectáculo de salón, donde los fuegos artificiales tapan las grietas, la música distrae de los tropiezos y el público, por un momento, cree que está asistiendo a algo verdadero. Pero, cuando se apagan las luces, queda la misma realidad cruda: un partido que presume de moral mientras juega al escondite con sus propios principios.

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