EspañaTodos tenemos cicatrices

Todos tenemos cicatrices

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En la piel, en el alma o en el coche, todo ser humano adulto tiene alguna señal que le recuerda: haber participado en una pelea de colegio, haber sido intervenido quirúrgicamente, haber sido maltratado o menospreciado en la adolescencia, o haber sufrido un amor no correspondido. Si nada de eso se aplica, seguro que hay algún rayón en la carrocería del coche, una puerta astillada en el lavadero de casa, la pantalla del iPhone rota o, en casos extremos, algún tornillo faltante en el ordenador… o en la cabeza.

Con esta introducción mordaz, no busco estigmatizar ni ensañarme con usted, lector. Al contrario: quiero recordarle que está de suerte. Lo más probable es que viva en la civilización del llamado “primer mundo” y, si me está leyendo a través de Minuto Crucial, casi con certeza en el “país de la piel de toro”. Que este artículo sirva, sobre todo, como autocrítica constructiva y recordatorio personal.

Por desgracia, en los países occidentales los medios de comunicación y las redes sociales han creado una sociedad consumista donde imperan la superficialidad y el afán de aparentar. Muchos dudamos, incluso, de nuestra propia bondad. Acabamos de volver de un pueblo, un crucero o un viaje por Estados Unidos y nos desesperamos porque el bronceado de verano tiene los días contados, o porque apenas hemos socializado. Craso error por no saber valorar la educación y cercanía que todavía se respira en la llamada “España vaciada”, en comparación con el bullicio y el estrés de la gran ciudad.

La tecnología, usada correctamente, es una herramienta que nos permite avanzar como sociedad y realizarnos como personas y ciudadanos. Descubrir que nuestra vida tiene un sentido, y que podemos hacer el bien al prójimo, es como un betadine que sana muchas heridas del alma y algunas materiales. La elección está en nuestras manos: ser humildes y agradecidos, o vivir esclavizados por la avaricia y el rencor.

Le confieso: yo tengo heridas por todas partes, incluso en el coche. Y créame, me fastidia un rayón; pero al final uno comprende que todo tiene su momento. Y estando de vacaciones, a tropecientos kilómetros y sin incidentes graves en el viaje, ¿por qué preocuparme por cuatro rayones? Como dijo Benedicto XVI en 2010: es necedad hacer que nuestra vida dependa de realidades pasajeras.

Ver las noticias últimamente es aún más doloroso. Me abruma comprobar cuán desagradecidos podemos ser en las latitudes occidentales. En Gaza, por ejemplo, no se trata de rayones o abolladuras en los automóviles: son edificios destruidos, infancias y familias rotas, décadas de incertidumbre. Allí nadie se preocupa por tener un moreno nuclear, ya que han vivido un verano, en el mejor de los casos, en una tienda de campaña expuestos a horas de radiación solar, y les viene un invierno inclemente en lo meteorológico.

A esto se suma la guerra en Ucrania, que muchos pensamos que sería breve y quirúrgica, pero se ha convertido en un lento y agónico desangrado de la nación del este de Europa. La población civil no debería pagar los delirios expansionistas de unos y las omisiones y cobardías de otros. Lo que percibo es que muchos huyen de esas guerras y conflictos y se están instalando en nuestro país para trabajar y aportar, y no por casualidad; no porque esté Pedro Sánchez en el Gobierno de España o Ayuso en el Gobierno de la Comunidad de Madrid, sino porque los españoles somos una nación que sabe reconocer a las personas que vienen con las mejores intenciones.

¡Qué afortunados somos! Contamos no solo con un Estado, sino con una nación solidaria que responde ante desastres como la DANA de 2024 o los macroincendios en el noroeste peninsular. Un ejército de personas que se organizan y entregan sus recursos para salvar a sus compatriotas. Es cierto que la normalidad no ha llegado por completo: ascensores sin funcionar, colegios en barracones , garajes impracticables por el fango. Pero más allá de los políticos, vivimos en un país donde podemos expresarnos libremente y manifestar nuestras discrepancias con la clase política cuando se lo merezca, siempre de manera pacífica.

En definitiva, todos tenemos cicatrices: en la piel, en el alma o en el coche. Hay que saber, primero, interpretar y reconocer el problema, teniendo una perspectiva global de que existen muchas personas que de verdad están sufriendo; segundo, dar gracias a Dios o a la Vida que nos ha tocado una generación con numerosos avances ya realizados; y tercero, tener la suficiente razón para que un problema menor no nos amargue el día o las vacaciones.

Juan Jesús Hernández
Juan Jesús Hernándezhttps://divulgoderecho.blogspot.com/
Cursando 2º de Derecho | Administrador de @DivulgoDerecho | CFGS de Producción de Audiovisuales, Espectáculos y Eventos

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