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El arte de plantar cara al sistema… y no morir en el intento

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Es curioso. Llevo años pensando en esto, dándole vueltas a la cabeza como si fuera la única que siente que todo esto apesta un poco. El sistema, ese gigantesco leviatán invisible que gobierna nuestras vidas, sigue ahí, imperturbable, mientras tú y yo intentamos abrirnos paso. Y digo «intentamos» porque a veces se siente como nadar en melaza: sabemos lo que queremos, pero no podemos movernos. ¿Por qué? Porque estamos entrenados para no hacerlo.

Cada día, nos levantamos, vamos al trabajo, y cumplimos. Somos trabajadores comprometidos, sin horarios, con mucho amor propio, siempre intentando superar las expectativas, cumplir con los objetivos de la empresa y más. Pero cuando llega el momento de mirar nuestras condiciones laborales, ahí es donde nos damos de bruces con la realidad: lo que para otros parece mejorar, para nosotros se queda estancado. Un ejemplo claro es lo que estamos viviendo con los convenios. Mientras vemos cómo la inflación subió hasta un 8% en mayo del 2023, nosotros tenemos que conformarnos con una subida salarial del 2%. Sí, un 2%. Y no hace falta ser matemático para saber que la cuenta no cuadra. ¿Cómo se espera que podamos hacer frente al día a día con una subida que ni siquiera cubre la pérdida de poder adquisitivo?

Pero, claro, si uno se atreve a preguntar, la respuesta es siempre la misma: “Es lo que hay, las cosas están mal, pero podrían estar peor”. Ah, la vieja táctica de hacernos sentir afortunados por lo poco que recibimos. Y mientras tanto, otros colectivos ven cómo sus condiciones mejoran: las pensiones suben, el salario mínimo interprofesional también, pero ¿qué pasa con los que llevamos años tirando del carro?  Y ahí es cuando la cosa se pone más interesante. Los quinquenios, esos que deberían premiar la antigüedad, llevan congelados en algunos convenios casi 15 años. ¿15 años? Sí, has leído bien. ¿Y por qué en algunos convenios sí se revisan y en otros no? Es una pregunta que nos hacemos muchos, pero parece que la respuesta nunca llega.

A su vez, los sindicatos, esos que deberían velar por nuestros derechos, ni siquiera saben cómo nos llamamos. La mayoría de las veces, las personas se presentan a representantes sindicales o por miedo a que les echen, asegurándose el puesto durante los próximos 4 o 6 años o simplemente para aprovechar las horas sindicales y tomarse unos días libres. Es una realidad que conocemos todos, pero de la que pocos se atreven a hablar.

Lo más preocupante no es solo la situación económica, sino el desgaste emocional que esto genera. Porque cuando trabajas sin descanso, año tras año y ves cómo tu esfuerzo no se valora ni se premia, el desgaste es inevitable. Llega un punto en el que, por mucho amor propio que tengas, la falta de reconocimiento acaba quemando. Si no se revisan los sueldos, las categorías, y no se premia la constancia y el esfuerzo, llegará un momento en el que será tarde para evitar que los trabajadores se quemen. Y no se trata solo de querer más, sino de ser tratados de manera justa.

A veces me pregunto, ¿cómo hemos llegado aquí? ¿Cómo es que llevamos años en esta situación? La respuesta es simple: nos han educado para no cuestionar el sistema, para seguir adelante, pagar nuestras facturas, cumplir con nuestras obligaciones y dar gracias por lo poco que recibimos. Y cuando te das cuenta, ya tienes una hipoteca, un coche que pagar, cargas familiares… y de repente, el tiempo ha pasado y estás atrapado en una vida que no te llena del todo.

Nos han inculcado un miedo irracional al cambio, a salirnos del guion, a hacer algo diferente. Porque, claro, ¿y si nos tildan de “raros” o “problemáticos”? ¿Y si perdemos ese trabajo que, en el fondo, ni siquiera nos hace felices? Ese miedo es precisamente la herramienta que el sistema utiliza para mantenernos en nuestro lugar, conformándonos con migajas. Pero la realidad es que el sistema solo funciona porque nosotros lo mantenemos en pie. Sin nuestras manos, sin nuestro esfuerzo diario, el engranaje se detendría. No hace falta una revolución con pancartas ni megáfonos, pero sí una llamada a la reflexión. Plantar cara no significa destruirlo todo, sino cuestionarlo todo. Preguntar, exigir, y sobre todo, vivir nuestras vidas como queremos vivirlas, no como nos dicen que debemos.

Al final, la verdadera pregunta es: ¿cuánto más estamos dispuestos a seguir engranados en esta máquina? Porque sin nosotros, la rueda dejaría de girar. Es hora de reconocer el valor de nuestro trabajo, de exigir lo que merecemos y de plantar cara al sistema, sin miedo.

Raquel Puerta Nevot
Raquel Puerta Nevot
Autora de Siente y vive libre, Toda la verdad y Vive con propósito, Técnico de organización en Elecnor Servicios y Proyectos, S.A.U. Fundadora y Directora de BioNeuroSalud, Especialista en Bioneuroemoción en el Enric Corbera Institute, Hipnosis clínica Reparadora Método Scharowsky, Psicosomática-Clínica con el Dr. Salomón Sellam

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