DeportesLo que la izquierda separa, lo une el Mundial

Lo que la izquierda separa, lo une el Mundial

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En la España actual, un país que parece caminar sobre el filo de la navaja política constante, resulta casi milagroso encontrar puntos de encuentro. Mientras desde las altas esferas monclovitas se insiste en una estrategia divisoria, de fragmentación y constante reescritura de nuestra identidad nacional, existe un claro fenómeno que actúa como dique de contención frente a esa corriente destructiva: el fútbol y, más concretamente, la ilusión compartida ante la cita del Mundial.

Durante años, hemos asistido a la estrategia de la fractura, una forma de hacer política que se rige por el viejo principio del “divide y vencerás”. El gobierno de Pedro Sánchez, en una suerte de simbiosis con la ultraizquierda y sus socios habituales, ha hecho de la gestión de la discordia su principal manual de resistencia, buscando enfrentar a territorios, a clases sociales, a hombres contra mujeres y, en última instancia, desdibujando el concepto mismo de España como nación soberana y unida.

Este proyecto, que muchos perciben como una labor de demolición controlada de los pilares de la Transición, utiliza la identidad como un arma arrojadiza, cuestionando a las instituciones, lo que a su vez sirve para debilitar el Estado en favor de cesiones a aquellos que pretenden romper la unidad de España, intentando al mismo tiempo que el ciudadano vea a su vecino como adversario en lugar de a un compatriota. Estamos inmersos en una atmósfera donde la política lo impregna todo, buscando que no exista espacio para la neutralidad o para el afecto compartido hacia lo que nos define como país.

Sin embargo, frente a esta clara ofensiva, surge el Mundial como antídoto ante la polarización por medio del sentimiento nacional, que se expresa de forma masiva y sin complejos cuando nuestra selección salta al terreno de juego. El Mundial no es solo un evento deportivo, y eso la gran mayoría de los españoles lo sabe; para una sociedad exhausta por la crispación política, se convierte en un refugio de normalidad y orgullo.

Cuando España juega un partido decisivo, las siglas partidistas dan sensación de evaporarse. En los bares, en las plazas públicas, en los salones de miles de hogares, la bandera nacional no se luce como una reivindicación política —a menudo secuestrada por los extremos—, sino como un símbolo de pertenencia, de alegría y de destino compartido. Es un momento en el que el español de a pie, independientemente de a quién vote, se siente parte de algo más grande que sí mismo.

La izquierda política, que a menudo mira con recelo este tipo de manifestaciones de patriotismo festivo, se sitúa ante una realidad que no puede controlar, por mucho que lo intente. Es un patriotismo popular, espontáneo, que nace de las bases y que, por un momento, logra lo que la política ha sido incapaz de articular: un proyecto de unión. Mientras Sánchez y sus aliados intentan deshilachar las costuras de nuestra convivencia, el fútbol demuestra que España sigue siendo un sentimiento fuerte, vibrante y capaz de superar cualquier intento de domesticación ideológica.

La importancia de lo simbólico entra en escena. El valor del Mundial radica en su capacidad de igualación; en las gradas o frente a la pantalla, las distancias sociales desaparecen ipso facto bajo una misma emoción y unos mismos colores. Se celebra el esfuerzo, el trabajo en equipo y la superación, valores que logran proyectarse sobre nuestra selección nacional y que, por ósmosis, nos devuelven una imagen de nosotros mismos que resulta saludable, constructiva y, sobre todo, unitaria.

Lo mejor de todo es que, dentro de que en ocasiones se intentan instrumentalizar estos eventos mediante comisiones y burocracias, la gente de la calle sabe diferenciar entre la gestión técnica de un evento y el valor sentimental que representa para un país. Esa intuición popular es la que mantiene viva la llama de la unidad nacional, incluso en los momentos en los que desde la cúpula del Estado se intenta sofocar con retóricas excluyentes. Sin lugar a dudas, hay una lección que debemos extraer de este fenómeno: la unidad de España no depende de un decreto, de una ley orgánica o de un pacto de legislatura. Por el contrario, reside en el alma de sus ciudadanos, que hallan en momentos como un Mundial la excusa perfecta para recordarse que, a pesar de todo, siguen siendo una sola nación.

Si el fútbol tiene este poder transformador, es exactamente porque logra conectar con nuestras emociones más primarias y positivas, recordándonos que juntos podemos ganar, que el éxito de uno es el éxito de todos y que nuestra historia, con sus luces y sus sombras, merece ser celebrada con orgullo. Mientras el actual Ejecutivo sigue empeñado en buscar nuevos conflictos, en abrir viejas heridas y en poner a prueba la paciencia de la nación, la sociedad española responde mirando hacia un campo de fútbol.

Quizás sea esta la gran victoria de la España real frente a la España diseñada en los despachos: entender que, a pesar de los intentos de ruptura, los hilos que nos unen son mucho más fuertes que los cuchillos que nos lanzan para separarnos. Cuando ruede el balón en el próximo partido, no solo estaremos viendo a once jugadores defender una camiseta; estaremos reafirmando, una vez más, nuestra voluntad de seguir siendo, por encima de las siglas y de las tácticas de la ultraizquierda, un pueblo unido que camina hacia el mismo objetivo.

Al fin y al cabo, la política pasa, los gobiernos caen y las ideologías se desgastan, pero la nación —esa comunidad de afectos, recuerdos y sueños compartidos— perdurará para siempre. Y, si algo nos enseña el fútbol, es que no hay mayor fuerza que la de una afición convencida de su propia identidad.

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