Libertad condicional

En estos últimos años de los nuevos 20 del nuevo milenio, vemos un pulso continuo entre dos grandes fuerzas: la tradición y el llamado fenómeno woke, denominado así por el verbo wake -despertar- o, mejor expresado, «despierto». Lo tradicional, lo referido a los valores, ya no resulta tan atractivo, aquello que había representado la base de la sociedad que funcionaba desde la década de los 50 del siglo pasado, ha pasado a un segundo plano frente a lo nuevo, a lo fresco, que es precisamente romper con lo anterior.

Esta pugna entre lo tradicional y lo woke, a nivel global, está resultando muy encarnizada. Uno de los problemas derivados, bien de la resistencia al cambio, en algunos aspectos graves, es lógico; esa resistencia obedece al sentido común. Ante esa «resistencia», ha surgido como contraposición la famosa «cultura de la cancelación» o, lo que es lo mismo que, si no piensas como ellos, te anulan como individuo. Uno de los cambios más significativos es la desaparición de las fronteras físicas entre estados soberanos y el intento de acabar con la civilización a la que previamente se ha condicionado a fin de llevarla a su final, con el único propósito de su sustitución. Pero si te opones, eres un desalmado, eres un inhumano; “ningún humano puede ser ilegal”.

Desde los «altavoces» bien dirigidos, con subvenciones, son estos adalides de la «cultura» del cine y el teatro quienes convierten en eventos politizados lo que debería ser premiar la cultura del esfuerzo. Y lo son… la cultura del esfuerzo económico del contribuyente, de donde sale el dinero para dar ayudas y pagar unas películas que, en la mayoría de las ocasiones, no recuperan con su recaudación en sala y que, en muchas ocasiones, presentan una realidad paralela y sesgada de aspectos de la sociedad española, porque, por lo visto, la marginalidad vende. Asimismo, como colaboradores necesarios, los medios de comunicación reciben «aúpas» con cargo a presupuestos tanto generales como autonómicos, y se está viendo que también a nivel internacional, para que, al dictado, informen al gusto del patrocinador. ¿Dónde ha quedado la libertad de prensa? ¿Están acaso en libertad condicional los medios?

Lo que estoy viendo es que, a día de hoy, parece que, salvando honrosas excepciones, la mayoría de las personas, al final, buscan medios alternativos para enterarse de la realidad. Y ya no es solo en periodos electorales, donde la pelea por obtener mayorías lo convierte en una cuestión casi de rivalidad deportiva, como si a determinados comunicadores les fueran los garbanzos en ello, sino que la triste realidad es que no son informadores, como se espera de ellos, sino opinadores, en muchos casos, incluso instrumentos demoscópicos de gran calado, como lo puede ser una encuesta, cuando lo que tendría que ser es una información veraz y objetiva; es una realidad paralela al gusto del patrocinador de turno.

Sin lugar a dudas, considero necesaria una regulación al respecto de la financiación de los medios de comunicación, pero no con este arco parlamentario, pues estoy bastante segura de que, de encomendarse a tal tarea, la mayoría de ellos barrerán en su favor, aumentando aún más el filtro de lo que se puede y no se puede contar según conveniencia del que mande. Porque ya dice el dicho popular que «el que paga, manda»… más bien, el que da orden de pago, porque el que paga es el pueblo español, y no parece que tengan en cuenta sus preferencias ni sus deseos de ser informados de forma veraz y transparente.

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